23 de junio de 2017




Ante el tiempo. Historia del arte y anacronismo de las imágenes
Georges Didi-Huberman
Buenos Aires, Adriana Hidalgo, marzo 2006
384 páginas




En estos polémicos ensayos que estudian la función del tiempo en la imagen, el historiador Didi-Huberman reclama una arqueología crítica de la historia del arte, removiendo el andamiaje construido por la escuela clásica. Plantea la noción del anacronismo como esencial en la historia del arte, es decir, propone estudiar la imagen como atravesada por el montaje de tiempos heterogéneos, en el cual se produce una reconfiguración de presente y pasado, y un pliegue entre historia e imagen. Avanza así en contra de la iconología de la escuela de Panofsky y de toda idea de historia social del arte.
Este libro analiza la historiografía desde su genealogía con Plinio y más tarde Vasari, pasando por los aportes de Aby Warburg en su creación de una antropología de las imágenes -que Didi-Huberman continúa- y se apoya sobre todo en la obra de Walter Benjamin, quien al tomar la historia como un movimiento “a contrapelo”, supone la construcción de un espacio-tiempo absolutamente nuevo. Particularmente encendido es su rescate del muy poco ortodoxo Carl Einstein, quien entendiera la historia del arte como una lucha, un conflicto de formas y experiencias ópticas, cuestionando así ciertos modelos de arte y de evolución temporal. Einstein se inscribe fuertemente en el arte moderno en su ruptura de la causalidad; fue el primero en estudiar la confluencia dialéctica entre la escultura africana y el arte de las vanguardias del siglo XX, estableciendo el lazo entre origen y modernidad, no entendido aquél como una actualización sino como colisión entre  pasado y presente, como un cristal de tiempo en el que ambos confluyen.


Josefina Sartora
(Nota publicada en Le Monde Diplomatique, Nº 87, septiembre de 2006)

22 de junio de 2017

Sin pan y sin trabajo

Yo, Daniel Blake (I, Daniel Blake)
Dirección: Ken Loach
Guión: Paul Laverty
Reino Unido-Francia-Bélgica/2016

Josefina Sartora


Ken Loach no cesa. Con 80 años y decenas de películas en su filmografía, ha dedicado su carrera a los temas sociales, a la realidad social de Europa, en busca de mayor justicia social. Su más reciente film se inscribe en esa línea. Daniel Blake (Dave Johns) es un hombre común, casi heredero del neorrealismo italiano, un carpintero que ha sufrido un infarto y no puede trabajar por prescripción médica. Como todo hombre común, solicita una pensión, y también intenta conseguir un nuevo trabajo. Pero se encuentra con la paradoja de que para obtener un seguro de desempleo debe probar que trata de conseguir trabajo, y cuando lo encuentra no puede ejercerlo por problemas de salud. Ergo, Daniel está paralizado, preso, víctima de las contradicciones del sistema, y sin ingresos.

En su peripecia por esas oficinas kafkianas –gubernamentales pero manejadas por empresas privadas-, donde nadie tiene la clave para lograr su objetivo, donde no puede presentar un formulario porque desconoce el manejo de las computadoras, donde los empleados tienen prohibido colaborar para que lo logre, Daniel cruza su camino con un alma en similares condiciones. Katie (Hayley Squires) es una joven inmigrante, madre soltera, que ha pasado un tiempo con sus hijos en un albergue en Londres, y ha conseguido que le asignen un departamento mínimo en Newcastle, la ciudad donde vive Daniel, y allí ha debido mudarse. Pero las condiciones de vida de Katie –sin trabajo- y sus hijos son extremadamente precarias, al punto de depender de la caridad para comer. Entre ambos nace una amistad sostenida en una auténtica solidaridad, que llegará hasta sus últimas consecuencias, como todo el film.

La de Daniel es una lucha por recuperar y conservar su dignidad. Como en otras películas, el protagonista de Loach es la pieza decente, íntegra en sí misma, que no termina de encajar en la máquina del sistema, y deviene su víctima. Loach no da respiro, desde la inteligente primera escena, no sólo para presentar las extremas condiciones de vida de sus personajes, sino al mostrar el marco burocrático que los condiciona: seres que parecen autómatas, que carecen de sensibilidad, o tal vez también sean personas decentes que no quieren perder su trabajo.


No siempre las buenas intenciones alcanzan para logran un buen film. Grandes temas (la Guerra Civil española) no tuvieron un film a su altura (La canción de Carla); en cambio otros (Riff Raff) mostraron con destreza las penurias de la clase obrera inglesa. Yo, Daniel Blake ganó la Palma de Oro en el Festival de Cannes, en una decisión que la crítica no compartió. Esta crítica acerba al sistema de seguridad social inglés es una película noble, si bien carece de sutilezas, es directa y puede tachársela de panfletaria, aunque tampoco carece de posiciones reaccionarias o, por lo menos, conservadoras o convencionales. Hacia el final, sin embargo, el guión de su habitual colaborador Paul Laverty parece haber perdido su concisión, cayendo en el trazo grueso. La puesta en escena, como siempre en Loach, es impecable, con unas locaciones realistas que imprimen al film su característica verosimilitud, y la actuación de Dave Johns parece absolutamente espontánea.



Nunca más oportuno estreno que éste, a nivel planetario. Inglaterra está sacudida por sucesivas y numerosas calamidades de variado tipo: atentados terroristas de uno y otro bando, incendios al parecer por negligencia, tensiones internas por controversias sobre la salida de la Comunidad Europea. El film debe de haber significado un golpe duro a los ingleses, siempre tan superiores, por mostrar las falencias de su sistema, o que el hambre está instalado también entre ellos. Los Estados Unidos se hallan divididos, al punto de eliminar los beneficios médicos del MediCare. Sin ir tan lejos, Yo, Daniel Blake nos sirve como espejo para mirar la dura realidad laboral y social argentina, en medio de despidos masivos acompañados de una cruda eliminación de los beneficios sociales.

16 de junio de 2017




A propósito de Godard. Conversaciones entre Harun Farocki y Kaja Siverman
Harun Farocki y Kaja Siverman
Buenos Aires, Caja Negra Editora, abril de 2016
320 páginas




El cine de Jean-Luc Godard, el más radical y clave del siglo XX, ha generado múltiples estudios. Es este uno de los más lúcidos, escrito a dos manos o bajo dos miradas: la del realizador ya fallecido Harum Farocki y de la teórica feminista Kaja Silverman, y constituye además una lección para el espectador de cine. Ambos entablan un diálogo fluido ante ocho films fundamentales de JLG, de los cuales van analizando cada secuencia, cada plano, en un intercambio donde se ponen en detalle los elementos técnicos –ubicación y movimientos de la cámara, iluminación, composición del plano, mirada, montaje, actuación- que Farocki expone exhaustivamente y a los que Silverman agrega todo un acervo teórico de las principales corrientes filosóficas, psicoanalíticas y semiológicas del siglo.

Desde Vivir su vida, un film narrativo de la época de la nouvelle vague hasta justamente Nouvelle vague, un film realizado completamente con citas de otras obras cinematográficas y literarias, más sutil y críptico, los análisis exponen las teorías fundamentales desarrolladas a lo largo de toda la obra del realizador. El libro resulta más fascinante si se tienen presentes las películas analizadas, y ha de servir como escuela de visión, no sólo de cine sino de la imagen toda. Baste citar el análisis del film Pasión, donde no sólo cine y pintura están íntimamente imbricados, sino también conceptos clave en el cine del siglo XX, como amor y trabajo.

Josefina Sartora

(Reseña publicada en Le Monde Diplomatique, mayo de 2017)
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15 de junio de 2017

William Kentridge en la Bienal de Performance

Josefina Sartora

La Bienal de Performance 17 tuvo un cierre de lujo con la presentación de William Kentridge. Buenos Aires tuvo así la oportunidad de conocer a este artista sudafricano múltiple, que circula con soltura y expansiva creatividad entre el dibujo, la música, el cine y el teatro, galardonado este año con el Premio Princesa de Asturias. 


Refuse de Hour constituye una mega performance, que incluye al mismo Kentridge en el escenario del Coliseo, en una disertación sobre el tiempo que comienza con Perseo y finaliza con Einstein, pasando por distintas etapas mientras en grandes pantallas se proyectan dibujos y films mudos con sus artistas, que también están en escena. La representación escénica está sostenida por la música de Philip Miller, con una pequeña orquesta que interpreta una música alucinante, y dos poderosas vocalistas, Ann Masina y Joanna Dudley, quienes van combinando el bel canto con ejercicios con la voz, o canciones sin palabras. No menos importante es la performance de la bailarina y coreógrafa Dada Masilo, quien no cesa de atravesar el escenario como un espíritu del aire. Metrónomos gigantes interactúan con enormes conos que pasan de mano en pie, esculturas mecánicas, teatro de sombras, video proyecciones, orquesta mecánica y la música, siempre presente.


Presentada en diversas ciudades y festivales de Europa, fue la única vez que la obra se puso en escena en Argentina. Este complejo y completo espectáculo, de inusual riqueza visual y sonora, resulta tan seductor y atractivo que el texto –filosófico, denso y prolongado- pasa a un segundo o tercer plano, aunque Kentridge despliega toda su corporabilidad al expresarlo. Toda la obra de este autor es política, y esta no permanece exenta de ello, al incluir el tema del colonialismo.


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El día previo, Kentridge había debutado en Buenos Aires con su conferencia performática Enough and more than enough (Suficiente y más que suficiente) en la Sociedad de Amigos del Museo de Bellas Artes, en el cual también tiene una muestra. Acompañado por la actriz Maricel Álvarez -quien fue más allá de sus funciones de traductora y se convirtió en co performer-, Kentridge brindó una master class sobre el trabajo en su estudio. Expuso sus teorías sobre las artes plásticas, el dibujo y la importancia de su movilidad, de cómo proceder a su realización, trascender la obra terminada y alterarla, trasladarla a la tercera dimensión, al video, a la performance. 
--> La obra plástica no es unívoca, nos dice Kentridge en todas y cada una de las capas de su obra múltiple. Ambas puestas  fueron una clara experimentación de sus teorías sobre la virtualidad, la relatividad del tiempo, la falacia de la evolución lineal, y sobre los misterios del destino.