24 de marzo de 2017

Justicia justa

El peso de la ley
Dirección: Fernán Mirás
Guión: Roberto Gispert y Fernán Mirás
Argentina/2016

Josefina Sartora


Presentada en Pantalla Pinamar, El peso de la ley constituyó una sorpresa argentina: después de treinta años de actuación, Fernán Mirás hizo su debut como director, además de actuar en un secundario. Se trata de una película sobre un caso jurídico real: un pobre diablo es acusado de haber violado al simple del pueblo y todas las pericias y pruebas falsas y los poderes locales ya lo consideran culpable.

La propuesta estética del film es arriesgada: con un tono de farsa, absolutamente todas las situaciones que se presentan son caricaturescas, sus personajes estereotipados, las actuaciones forzadas, y sin embargo –si uno accede a ese tono cercano al grotesco criollo- el resultado es más que aceptable. Paula Barrientos pone todo su histrionismo en su personaje de defensora de oficio –talentosa y renga- de ese hombre acusado de violar a un discapacitado en un perdido pueblito de provincia. Enfrente está María Onetto como la fiscal inescrupulosa que despliega toda su violencia y agresión mordiendo sus palabras frente a esa abogadita que osa desafiarla. Y entre ellas, Darío Grandinetti como el juez gay que le debe su cargo a la fiscal, por aquello de “la familia judicial”.


El film desnuda los mecanismos de la justicia argentina que se ponen en funcionamiento en un caso real, menor, como hay tantos. Corrupción, connivencia entre policías y jueces, burocracias, injusticia en suma. Es la primera vez que a esa abogada que cree en una justicia justa le toca defender a un inocente, y le resulta más difícil que defender a un culpable.


Resta saber si el resultado era la intención original del director –¿esos primeros planos feroces buscaban el efecto final? ¿ese pianito insufrible está allí para ilustrar o para molestar al espectador?- según el propio Mirás, no era su propósito hacer una farsa. Tal vez como dicen algunos fue una sumatoria de encuentros de talentos que dieron ese resultado.

23 de marzo de 2017

Lo bueno, si breve...

Dos noches hasta mañana (2 yötä aamuun)
Dirección y guión: Mikko Kuparinen
Finlandia-Lituania/2015
***
Josefina Sartora


Dos noches hasta mañana, como describe su título, incursiona en el tópico del encuentro circunstancial de dos seres que están de paso y han de separarse prontamente. Y sin embargo este film –presentado en Pantalla Pinamar-, procura en todo momento apartarse del cliché, abordando otros temas adyacentes, aunque no siempre con éxito.

Ella, una arquitecta francesa; él, un músico y DJ triunfador, finlandés. Ambos se alojan en el mismo hotel en Vilnuus o Vilna, la capital de Lituania donde han llegado por motivos de trabajo, y la acción transcurre en los espacios cerrados del hotel y algunas calles de esa ciudad desconocida, que convoca a la aventura. Lo que en principio parece un fácil encuentro sexual deviene algo mucho más complejo: ambos tienen compromisos que los reclaman, ella se encuentra dubitativa entre su homosexualidad y la presencia de este hombre más joven, atractivo y potente, que la seduce de inmediato. También los tiempos se ven alterados, porque lo que iba a ser un encuentro de una noche, ha de prolongarse.

La actriz canadiense Marie-Josée Croze, a quien viéramos en películas tan disímiles como Las invasiones bárbaras, La escafandra y la mariposa, Calvario y la reciente El secreto de Kalinka, cumple una excelente performance como esa mujer adicta al trabajo, aparentemente firme y segura que esconde una secreta vulnerabilidad que aflora por momentos. Mikko Nousiainen encarna a ese hombre que parece creerse irresistible. El primer tercio de la película es la parte más interesante, cuando se produce el encuentro y casi no median palabras entre ambos, comunicándose por miradas o gestos elocuentes. El resto reitera los temas con pocas variantes.

Entre dos viajeros en el mundo globalizado, Skype es el tercer personaje, que se interpone entre ambos. Muy poderosa la tesis de que la tecnología no cesa de interferir en las relaciones en un mundo permanentemente comunicado, que la presencia virtual de otros personajes irrumpe en ese tiempo entre paréntesis y fuera del mundo cotidiano que ambos creen estar viviendo. Y sin embargo un gesto, una mirada, pueden más que la palabra.


Un film menor y agradable, con una historia de amor más realista que romántica.

20 de marzo de 2017

Entre los pinos

Pantalla Pinamar 2017

Josefina Sartora


Año a año, Pantalla Pinamar se constituye en el lugar ideal para el cinéfilo, combinando buen cine con un ámbito hermoso, que invita al paseo, las caminatas frente al mar y la reflexión. El Festival que dirige Carlos Morelli y su equipo funciona como un reloj, y siempre resulta un gusto trabajar en prensa con un equipo que gracias al profesionalismo y experiencia de Martín Eichelbaum y Eloísa Ibarriola, cuida cada detalle a la perfección.

Es notable el apoyo que logra este Festival, tanto de la Municipalidad de Pinamar pero sobre todo del INCAA, que invierte mucho en él. Sería deseable que se replicara este ejemplo en otros festivales menores que se realizan gracias al trabajo a pulmón y los aportes económicos de sus organizadores, como Cosquín o Shhh en Ushuaia, por poner dos ejemplos que conozco bien.

La propuesta de este año reitera formatos anteriores: una ventana al nuevo cine argentino, una retrospectiva de los mejores estrenos argentinos del año pasado, y mucho cine europeo que probablemente no se estrene, de manera que era esta una buena oportunidad para verlo.

Ventana argentina
En esta ocasión, el abanico de preestrenos argentinos en Pantalla Pinamar no resultó muy gratificante. Había una gran expectativa local por Pinamar, de Federico Godfrid, rodada en esta ciudad, con una historia muy real y cotidiana, que contiene mucho de autobiográfico: dos hermanos jóvenes van al balneario a arrojar las cenizas de su madre al mar y vender el departamento donde han pasado sus vacaciones toda su vida. Una historia de sentimientos encontrados, donde pasado y presente entran en colisión, con el agregado de dos personalidades muy diferentes. Pero lo que pudo ser una historia visceral y emotiva, termina por diluirse en vagas indeterminaciones, y los lugares comunes del nadismo del Nuevo Cine Argentino.

Otra presentación que prometía era Maracaibo, de Miguel Ángel Rocca, por su elenco estelar: Jorge Marrale, Mercedes Morán, Mónica Lairana, Luis Machín entre otros. Un melodrama familiar –de aquellos de verdades nunca dichas que pugnan por salir a la luz, con una difícil relación padre-hijo- deriva hacia un thriller violento que presenta varios puntos flojos, aunque la constante presencia de un excelente Marrale lo sostiene evitando la caída.

Más interesante resultó Carne propia, un original documental de Alberto Romero en el cual un viejo toro se encamina hacia el matadero y en su trayecto va evocando –con la voz de Arnaldo André- distintos aspectos de la industrialización de la carne en Argentina: los mataderos, el pueblo Liebig creado alrededor del corned beef, el surgimiento del peronismo, el frigorífico Subpga y el cooperativismo. El film va pasando de un tema a otro un tanto aleatoriamente, sin profundizar en ninguno pero con una buena dosis de sarcasmo.


La otra sorpresa argentina la constituyó el debut como director de Fernán Mirás con El peso de la ley, una película sobre un caso jurídico real. La propuesta estética del film es arriesgada: con un tono de farsa, absolutamente todas las situaciones que se presentan son caricaturescas, sus personajes estereotipados, las actuaciones forzadas, y sin embargo –si uno accede a ese tono cercano al grotesco criollo- el resultado es más que aceptable. Paula Barrientos pone todo su histrionismo en su personaje de defensora de oficio –talentosa y renga- de un hombre acusado de violar a un discapacitado en un perdido pueblito de provincia. Enfrente está María Onetto como la fiscal inescrupulosa que despliega toda su violencia y agresión mordiendo sus palabras frente a esa abogadita que osa desafiarla. Y entre ellas, Darío Grandinetti como el juez gay que le debe su cargo a la fiscal, por aquello de “la familia judicial”. El film desnuda los mecanismos de la justicia argentina que se ponen en funcionamiento en un caso real, menor, como hay tantos. Corrupción, connivencia entre policías y jueces, burocracias, injusticia en suma. Resta saber si el resultado era la intención original del director –¿esos primeros planos feroces buscaban el efecto final? ¿ese pianito insufrible está allí para ilustrar o para molestar al espectador?- o como se dice por allí fue una sumatoria de encuentros de talentos que dieron ese resultado.

Pantalla europea
La más lograda de las secciones europeas fue Francia al mediodía: todos los mediodías se proyectaron preestrenos franceses que, si bien fueron tratados con menos relevancia que los vespertinos, tuvieron una programación impecable. 

El vigilante nocturno (Jamais de la vie) de Pierre Jolivet, tiene al gran Olivier Gourmet (actor fetiche de los Dardenne) presente en todas las escenas de este thriller excelente, que a la par de contar una historia de robos consecutivos, habla sobre la difícil situación social y económica que atraviesan las clases medias más carenciadas de Francia, y las imperfecciones del sistema.

Ni el cielo ni la tierra de Clément Cogitore se suma a las varias producciones europeas que abordan las consecuencias nefastas de la ocupación europea en Afganistán sobre sus protagonistas. Con un estupendo Jéremie Renier (otro actor de los Dardenne), presenta una serie de situaciones dramáticas que hablan de la locura desatada por el conficto bélico, que transforma –para peor- a todos los involucrados.

La más liviana –si bien harto compleja- fue El dulce escape (Comme un avion) de Bruno Podalydés, quien es el protagonista de esta comedia amarga sobre un hombre frustrado que decide salir a la aventura en su kajak, buscando una alternativa a una vida gris y sin sorpresas.

A otra sección importante fue Últimas postales nórdicas, una selección de films escandinavos que contó con la activa colaboración de los embajadores de Dinamarca, Finlandia, Noruega y Suecia, todos presentes en Pantalla Pinamar y anfitriones de uno de los espléndidos cócteles del Festival. La película más interesante fue Esta es mi sangre opera prima premiada en Venecia de Amanda Kernell. El film aborda un tema para nosotros desconocido: la presentación de la etnia sami, del extremo Norte de Suecia, en Laponia, que ha sido tradicionalmente discriminada y menospreciada por los suecos. Una joven de esa comunidad decide cambiar su destino y para ello huye de sus orígenes y reniega de ellos, tratando de olvidar su idioma y sus tradiciones. Un film muy duro, que trasciende las fronteras al presentar un problema casi universal.

Menores resultaron la noruega Cuando muere el verano, de Henrik Martin Dahlsbakken y Dos noches hasta la mañana, del finlandés Mikko Kuparnen, aunque interesantes de ver.

Muy off the record, se dudaba aquí acerca de la continuidad de Pantalla Pinamar. En las últimas horas del Festival el INCAA emitió un comunicado ambiguo en el que propicia continuar la colaboración, sin aclarar como ni con quien. Es de esperar que haya confirmaciones oficiales, y que tengamos muchas más ediciones de esta amigable y valiosa Pantalla.

14 de marzo de 2017

Ni una menos

Oscuro animal
Dirección: Felipe Guerrero
Colombia-Argentina-Holanda-Alemania-Grecia/2016.

Josefina Sartora


Hay que celebrar el estreno de esta rara avis, un excelente film colombiano sobre la violencia en ese país, que tiene la peculiaridad de carecer de diálogos. Que no son necesarios, dada la elocuencia de la imagen y el relato que ella conlleva.

En la selva colombiana, en plena lucha armada entre bandos nunca identificados, la historia de tres mujeres que viven paralelas situaciones de abuso y violencia, y salen al camino en busca de algo mejor. Una ha perdido a su hombre y su familia, chupados por no sabemos quiénes, grupos armados que destruyen a su paso, y deja su hogar devastado. Otra es esclava sexual de uniformados que la tratan como objeto de uso y descarte. La tercera, una luchadora, soldado de la resistencia, también sometida al abuso masculino.

En montaje paralelo, las tres historias avanzan a medida que las mujeres se trasladan por la selva en su intento por huir del infierno que cada una vive. La ausencia de diálogos permite cierta amplitud de interpretaciones, la imagen es por demás sugerente del conflicto básico, y es una medida inteligente evitar lo anecdótico, el detalle particular. Así el drama queda reducido a su esencia: la violencia masculina en su forma más animal, que no conoce nacionalidades, ni grupos partidarios, ni fechas determinadas. La violencia en varias de sus formas, pero igualmente destructiva. O el oscuro animal puede ser la guerra misma, que degrada al hombre predador hasta sus instintos más básicos. O también, es la fiereza que poseen esas mujeres que no se doblegan, no se entregan. Las tres mujeres tienen personalidades firmes pero anónimas, constituyen arquetipos, sin caer en el estereotipo ni en la idealización romántica, luchan por su supervivencia y son ellas –las mujeres- las únicas que tienen algún gesto de solidaridad, de comprensión, incluso de ternura en ese deambular trágico. Pero carecen de voz, y su única salvación, la única puerta para recuperar su dignidad, para intentar recomponerse, parece la huida.


Una vez más, es admirable la fotografía del argentino Fernando Lockett. Frente a esa naturaleza agreste y agresiva, la selva como zona de peligro  y amenaza permanente. Sabe captar lo esencial de cada toma, la expresión de las mujeres, en planos medios y panorámicos. No menos capital es el uso de la música, con distintos ritmos tropicales que sirven para identificar a cada grupo humano.

La primera escena es impecable, esa obertura plasma en pocos minutos toda la tragedia que se vive y la que vendrá en consecuencia. También es valioso que no se identifique los bandos, posibilitando que la violencia se expanda a cualquiera, poniendo el acento en sus consecuencias. La propuesta de Felipe Guerrero parece actuar como contrapeso de la actual tendencia al diálogo permanente, a la velocidad de las escenas. Su ritmo es acorde con el avance de las mujeres, desde la presentación hasta su llegada a la ciudad. Si bien algunos planos de prolongan más de lo conveniente, y el film se extiende un poco más allá de lo óptimo.

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La selva era un infierno, pero la ciudad no lo será menos.

9 de marzo de 2017



Las distancias del cine
Jacques Rancière
Buenos Aires, Manantial, marzo de 2012
144 páginas




El cine siempre ha estado hermanado con la filosofía, y diversos filósofos actuales siguen el camino abierto por Bazin y Deleuze: conocemos las reflexiones de Badiou, Cavell y ahora de Jacques Rancière, en un libro que exhala cinefilia y una mirada experta. Rancière atraviesa las fronteras del arte y observa las cercanías y distancias del cine con la literatura, el arte y la política, mediante un análisis transversal de varios cineastas y sus obras, dirigido a los conocedores y partícipes de aquel amor por el cine -que también se ocupa de definir. Desde un pormenorizado análisis de Vértigo de Hitchcock y la difusa posibilidad de vincularlo a El hombre de la cámara de Dziga Vertov, o la reelaboración de conceptos distintivos bressonianos como los de fragmentación y modelo en Mouchette, donde la literatura es releída por el cine. Prosigue atravesando la obra de Rossellini, quien pone en crisis el cuerpo de los filósofos en sus films pedagógicos. En todo momento la escritura de Rancière experimenta un juego entrecruzado de imágenes y conceptos. En su ejercicio conceptual, denso, profundo y a veces difícil, de exquisita complejidad, resaltan sus observaciones sobre la manera en que se han operado las transformaciones de la relación (las distancias, las cercanías) entre los múltiples sentidos del cine –documental o ficcional- y la política, según las perspectivas de los Straub, de Godard, Béla Tarr o Pedro Costa.


Josefina Sartora
(Nota publicada en Le Monde Diplomatique, ed. argentina, enero de 2017)