24 de abril de 2017

Bafici 2017 – Primera nota
De las Competencias

Josefina Sartora


El Bafici ha perdido el ángel. No digo que sea algo definitivo –y ojalá que no- pero hoy no se siente aquel entusiasmo, aquella alegría que nos copaba a todos por acudir al Bafici, y esperar expectantes le proyección de tantas películas. Mi lista siempre era larga cuando empezaba cada nueva versión, ya no lo es. Ya no se producen aquellas discusiones al salir de la sala, el debate, el encontronazo entre opiniones. Hoy todo está lavado, es chicle, tibio o casi frío; no hay presencias, ni polémicas, ni pasión. Y cuando desaparece la pasión, hay que preocuparse. Los críticos andamos desperdigados, con una salita de prensa que da vergüenza ajena, y que muestra elocuentemente el lugar en que el Bafici supone debe estar la crítica y el periodismo.

La programación es acorde con lo dicho, aunque en el zangoloteado anuncio de 400 películas –que todo Bafici anuncia como una virtud, y para mí nunca lo ha sido- siempre hay cosas a destacar, algunos títulos interesantes, unas pocas películas valiosas. Varios de esas películas las había visto en festivales previos: las excelentes Sieranevada de Cristi Puiu, Certain Women de Kelly Reichardt, Austerlitz de Sergei Losnitza, La muerte de Luis XIV de Albert Serra, O ornitólogo, de Joâo Pedro Rodrigues, y Yourself and Yours, de Hong Sang-soo.



Pero una de las mayores sorpresas –y agradable- fue ver el film boliviano Viejo calavera, de Kiro Russo, formado en la Universidad del Cine de Buenos Aires. En Competencia Oficial, fue mi primera película del festival, y una de las mejores. La película oculta su condición de opera prima, con una notable noción de puesta en escena de una de las realidades más duras de Latinoamérica: la de los mineros en la montaña. Filmada en las minas, y en la localidad de Huanuni, con los trabajadores que actúan de sí mismos, la anécdota es menor: un joven algo marginal es acogido por su padrino, quien lo lleva a trabajar a la mina, donde no hace más que emborracharse, robar a su compañeros, es un verdadero calavera. Pero lo que aquí importa es cómo está contada esa historia, cómo es mostrado ese mundo de hombres rudos, que exponen sus cuerpos rugosos cada día, y que no sólo trabajan en la mina: además actúan. La fotografía de Pablo Paniagua deslumbra con su uso de claroscuros, los densos negros de la mina, donde sólo alumbran unas mínimas linternas, y las oscuridades de la noche en la montaña, con esas tomas del túnel de la mina que resultan escalofriantes. Con algo de documental etnográfico y ficción neorrealista socialista, Viejo calavera es una de los valores a destacar de este alicaído Bafici.


Porque después vino lo peor: la chilena Reinos, de Pelayo Lira, sí denuncia su condición de opera prima, por la torpeza de la propuesta: un romance entre un joven universitario y otra estudiante algo mayor, a quien le gusta el sexo fuerte, por decirlo al modo de esta edición del Bafici, contada sin ningún atractivo. Una película que practica el plano largo para mostrar la cotidianeidad de esa pareja de destino incierto, sin nada a destacar, sin nada a descubrir. Y la otra, que vibra en la misma onda: Demonios tu ojos, del español Pedro Aguilera, en Competencia Vanguardia y Género. Voyeurismo, incesto, perversiones varias en una película hueca o vacía y lo que es peor: previsible.



Pero no todo son pálidas: la otra joya de la corona es Estiu 1993, también opera prima, de la catalana Carla Simón. Película de niños, de alta densidad dramática, con dos actrices infantiles que asombran por su expresividad y capacidad de actuación. Es inevitable el recuerdo de Ana Torrent, de Cría cuervos, de Sur: las niñas vienen de ese tronco cinematográfico. Película de Gestalt familiar, que habla de pérdidas y duelos, con un tono sobrio, seco, catalán diría, sin caer nunca en demagogias ni sensiblerías, para hablar de sentimientos, justamente. La película sostiene el punto de vista de la protagonista, y presenta el drama sin necesidad de explicitaciones. E impacta saber que se trata de una historia autobiográfica. Dos películas que están destinadas a los premios, donde vayan.

12 de abril de 2017

Estamos mayores...

El porvenir (L’avenir)
Dirección y guión: Mia Hansen-Løve
Francia-Alemania/2016

Josefina Sartora


La carrera de Isabelle Huppert es tan asombrosa como fascinante. Si en los ‘ 70 la veíamos joven y bella y fresca con Bertrand Blier, en La encajera (1976) de Claude Goretta ya compuso su personaje dramático e intenso y después Claude Chabrol la hizo transitar en varias películas diversas facetas de la mujer joven, burguesa y atractiva, pero dura, firme, nunca sentimental, aspecto que más tarde Michael Haneke supo aprovechar tan bien.

Ahora con la joven y talentosa Mia Hansen-Løve Isabelle ha llegado a la plenitud de la madurez, pronta a dar el giro hacia la tercera –o cuarta edad-. De eso se trata L’avenir, y aunque el título hable del futuro, es difícil decir qué vendrá, aun a la edad de la protagonista. (Es sintomático que el film comience junto a una tumba.) Madre de hijos ya grandes, casada felizmente con un colega, la mujer está además “satisfecha intelectualmente” según su decir: esta profesora de filosofía sabe imponerse en la cátedra, ha ganado alumnos que la siguen y dirige una colección de ensayos filosóficos. Al principio, su único problema parece ser su madre senil y demandante, interpretada por la gran Edith Scob. Hasta que súbitamente, esta firme estructura que la contiene parece derrumbarse. Su marido da fin a una unión de treinta años, llevándose la mitad de la biblioteca, su madre muere, sus hijos se han ido, la editorial prescinde de ella. “Soy totalmente libre”, dice, si saber qué hacer con esa libertad no buscada.


Pero el film habla también de los cambios que ha traído en la sociedad el paso del tiempo: la militancia ya no es para ella, y tampoco comparte los criterios editoriales marketineros, que terminan por dejarla afuera. Como Francia toda durante Sarkozy, ha cambiado, parece haber perdido sus ideales, está sin rumbo. Su vínculo ambiguo con un ex alumno favorito no llega muy lejos. Tampoco ya es para ella la anarquía ni la vida en comunidad: ella ha quedado muy lejos del sentir juvenil. Duro conflicto al que se enfrenta la mujer de ’60 años que en otro tiempo supo ser activista. ¿Acaso sólo resta el ser abuela? Pero tampoco el cuestionamiento es privativo de esos personajes, como bien lo presenta Hansen-Løve –hija de dos profesores de filosofía-, quien sabe abordar los conflictos del hombre ante su futuro, como lo vimos en Eden, El padre de mis hijos, o Tout est pardoné. Es esta otra de sus historias de desintegración, como las mencionadas, sutil e inteligente, que Huppert saca adelante con la determinación que le conocemos, compensando una oculta vulnerabilidad.

Podrá objetársele la frialdad, el desapego con que sus personajes asumen sus nuevas realidades, cierta indiferencia o prescindencia, pero como en Elle, ninguna de las distintas Huppert cae jamás en la desesperación, como si no le afectara el drama. Este subyace, y sale la superficie sólo gracias a los matices expresivos muy sutiles de la actriz. Lo cierto es que ha devenido una de las más grandes intérpretes de hoy, y su presencia es tan fuerte que sostiene cualquier film, más allá de su excelencia, como sucede en esta y en Elle, que la tienen en cámara en cada una de las escenas. No menos notable es el final, tan abierto y real como la vida misma, con uno de los pocos temas musicales del film, la melancólica Unchained Melody.



La última vez que Huppert vino a Buenos Aires, en diciembre de 2016, pude asistir a su master class, cuando sin ningún pudor ni falsa modesta aseguró que los directores nunca le marcan qué hacer: simplemente la convocan, le dan el guión, y ruedan.

6 de abril de 2017

Estrenos en cápsulas

Maracaibo
Dirección: Miguel Ángel Rocca
Guión: Miguel Ángel Rocca y Maximiliano González
Argentina-Venezuela/2016


Presentada en Pantalla Pinamar, despertaba gran expectativa sobre todo por su elenco estelar: Jorge Marrale, Mercedes Morán, Mónica Lairana, Luis Machín entre otros. Se trata de un melodrama familiar que deriva hacia un thriller violento y una historia de venganza. Tras la muerte de su hijo, el matrimonio queda devastado, y el padre no puede superar la frustración y la culpa de no haber podido proteger a su hijo. Entonces sale en busca de venganza, comenzando por lo más accesible y sin embargo lo más improbable: entrevista e interroga al asesino (Nicolás Francella). Detalle poco verosímil, sobre todo por cómo se desarrollan esas entrevistas. Tampoco queda bien resuelto el encuentro con el otro padre y posible cómplice.

Más interesante resulta el conflicto familiar,  con verdades nunca dichas ni asumidas que pugnan por salir a la luz, con una difícil relación padre-hijo. Pero nada llega a fondo, como si la película –como el padre- no se atreviera a indagar en la verdad. Maracaibo presenta así varios puntos flojos, aunque la constante presencia de un excelente Marrale y una correcta Morán lo sostiene evitando la caída.



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 Un golpe con estilo (Going in style)
Dirección: Zach Braff
Guión: Theodore Melfi basado en el cuento de Edward Cannon
Estados Unidos/2017


Es interesante como Hollywood se las ingenia para pergeñar películas con actores famosos que ya están superando la tercera edad. En este caso, una remake de un film dirigido por Martin Brest en 1979 reúne a tres grandes actores por primera vez en la pantalla: Michael Caine, Morgan Freeman y Alan Arkin encarnan a tres jubilados que en medio de la crisis global deben sufrir las consecuencias del cierre de la fábrica donde trabajaron: esta se traslada a Vietnam (donde la mano de obra es más barata) echan a todos sus trabajadores y cancelan todas las pensiones de los retirados. (Toda coincidencia con nuestro país no es casual.) Los tres hombres presentan tres personalidades diferentes, viven esta noticia de distinta manera, pero todos ellos coinciden en que después de una vida de trabajo se han quedado sin nada. Caine debe sostener a su hija y nieta que viven con él, Freeman –quien puede ver a su familia que vive lejos sólo una vez al año- necesita un riñón sano o morirá pronto, y Arkin es un personaje sarcástico y achacoso que apenas se mantiene viviendo con Freeman.

Cuando el personaje de Caine es testigo de un robo en el banco que amenaza dejarlo sin vivienda, decide que deben probar ellos también, y con la ayuda de un latino algo malandra se largan a la aventura, sin haber tenido ninguna experiencia previa.

Por todo lo dicho, resulta obvio que se trata de un film fácil, de entretenimiento para las edades mayores, con lúcidos toques de humor y un elenco excelente, al que se agrega Ann-Margret.


Josefina Sartora

3 de abril de 2017

Las vueltas del tiempo

La terquedad
Dramaturgia y dirección: Rafael Spregelburd

Josefina Sartora


La terquedad se inscribe dentro de la serie de obras de Rafael Spregelburd Heptalogía de Hieronymus Bosch, inspiradas en la pintura del maestro, con su peculiar visión de los pecados capitales, todas de largo aliento, con abundancia de personajes y parlamentos. Así fue La estupidez, El pánico y otras. Esta obra fue un encargo en Frankfurt, y fue presentada allí y en otras ciudades de Europa previo a su estreno en Buenos Aires.

La sala del teatro Cervantes es el ámbito perfecto para esta obra ambiciosa, hiperbólica, que aborda diversos temas con trece personajes, largos y complejos diálogos, y que si bien transcurre en el ámbito de una casa, traslada la acción de la sala a un dormitorio y de éste al jardín, con un escenario giratorio de dos plantas, lo que implica una compleja coreografía.

No es sólo la terquedad o el empecinamiento lo que trata esta obra polifacética que transcurre en un Valencia durante la Guerra Civil española: la guerra –y los intereses espurios y particulares que se mueven con ella-, el fascismo, el poder y el autoritarismo, los conflictos sociales, la lengua, el melodrama familiar,  pero por sobre todos ellos, trascendiendo la historia, el paso del tiempo. Porque lo que sucede transcurre en aproximadamente una hora, con unidad de tiempo y lugar, pero en un segundo y tercer acto vuelve a suceder en otros ámbitos: la anécdota es mostrada tres veces, con sutiles modificaciones de vestuario y modulaciones de interpretación, y cada reiteración agrega elementos e información. La acción parece transcurrir como en tres mundos o planos paralelos, en un tiempo circular. La maravillosa escenografía de Santiago Badillo permite el movimiento continuo, la profundidad de campo mostrando lo que sucede simultáneamente en los distintos planos, delante y detrás, interior y exterior, arriba y abajo.  Y la coreografía de los actores funciona a la perfección, como un mecanismo aceitado.


Un elenco de primer nivel ejecuta esos largos diálogos que abordan tantos y complejos temas: el mismo Spregelburd como el patriarca, lingüista y jefe de policía, que ha inventado una lengua universal para beneficio de la humanidad; Pilar Gamboa excelente como la hija neurótica, Analía Couceyro compone un personaje genial como la hija rebelde, Paloma Contreras sensual como la esposa, Lalo Rotavería notable como el esbirro sumiso, Diego Velázquez el cura infaltable, Andrea Garrote, Pablo Seijo, Alberto Suárez, Mónica Raiola, Santiago Gobernori, Guido Losantos y Javier Drolas, todos tienen sus momentos de lucimiento en esta obra coral ejecutada en forma impecable.

La terquedad es un ejemplo de teatro total, exquisito, moderno y audaz. Y sin embargo, en toda su excelencia llega a conspirar consigo misma, justamente por la reiteración, sostenida por el autor tercamente. Spregelburd no sólo es autor, sino también director y actor de la obra. Tal vez esta triple función le impida distanciarse para observar que la obra ganaría con una mayor síntesis. Menos es más.



Bienvenida esta señal contundente de los criterios artísticos de la nueva dirección de Alejandro Tantanian, que reúne el teatro oficial con el que fuera independiente.