1 de diciembre de 2016

Un western patagónico

Fuga de la Patagonia
Dirección: Javier Zeballos y Francisco D’Eufemia
Guión: Javier Zeballos
Argentina/2016

Josefina Sartora


Sorpresa del Festival de Mar del Plata, la opera prima de Javier Zeballos y Francisco D’Eufemia relata la fuga del Perito Francisco Moreno de manos de los indios. Basada en sus memorias, cuando el Perito comenzaba sus trabajo en la Patagonia de medición de tierras e investigación de su geografía, tras trabar amistad con un cacique aborigen es apresado como sospechoso de ser espía del gobierno huinca (en última instancia, lo era). El film se inscribe en la categoría de western local, un género que no ha sido muy frecuentado por realizadores argentinos. En cierta medida, evoca Jauja, de Lisandro Alonso, Aballay, el hombre sin miedo de Fernando Spiner, Guerreros  y cautivas de Edgardo Cozarinsky y poco más.  


El film saca el mejor partido posible de la estupenda geografía del Sur argentino. Con una fotografía maravillosa de Lucio Bonelli, la acción se desarrolla en esos paisajes de ríos y montañas, así como en la estepa patagónica. El film consiste en un excelente homenaje al género, con un buen primer protagónico de Pablo Ragoni –nuestro compañero de inquietudes filosóficas- como un Moreno en fuga, quien debe eludir a sus perseguidores mapuches y a grupos mercenarios que –como el ejército- siembran la muerte y destrucción a su paso. Ni el guión ni los diálogos están a la altura de esa imagen impecable: parecieran boyar sin definición entre sus simpatías por el protagonista y la conciencia ajena culpable por haber colaborado con la Campaña del Desierto. Sin embargo, esta primera incursión en la ficción de quienes se habían dedicado antes al documental es una estimulante noticia.

29 de noviembre de 2016

Balance del 31º Festival de Mar del Plata
Josefina Sartora


El Festival. Con la dirección de José Martínez Suárez con sus vitales 90 años, y de Fernando Martín Peña, el Festival de Mar del Plata ha venido consolidando en los últimos años su lugar de relevancia en el panorama de festivales internacionales, con un criterio estético definido, dispuesto a mostrar y promover lo más nuevo y mejor del cine contemporáneo como también echar una mirada al cine clásico. No es ésta una impresión subjetiva ni de simpatías personales solamente, sino que para la opinión internacional este Festival es hoy un espacio donde los directores desean enviar sus películas, se ha transformado de aquel festival de alfombra roja y estrellas en un ámbito de cine independiente y de autor, donde en cada edición hay títulos, directores y cinematografías a descubrir.

Las películas. La Competencia Internacional fue en general buena, con algunos tropiezos o desniveles. Películas superiores como Paradise, Nocturama o Scarred Hearts no merecen ser colocadas en mismo nivel de igualdad con La reconquista, El Cristo ciego o Free Fire, que aunque correctas, están por debajo del nivel. Incluso  People That Are Not Me me pareció menor: un film realizado con mínimo presupuesto, dirigido por la joven israelí Hadas Ben Aroya quien también lo protagoniza, básico, casi elemental sobre la iniciación sexual de los jóvenes, sin embargo ganó el Astor de Oro, lo cual demuestra lo dispares que pueden ser los criterios a la hora de las elecciones.
En el conjunto de películas fuera de competencia, pudieron verse documentales notables como Safari de Ulrich Seidl, una mirada objetiva sobre el mundo de los cazadores europeos que acuden a África en busca de la foto del cazador con su presa –sean éstas jirafas, cebras o búfalos- y sin ningún comentario, ninguna ironía explícita, deja la palabra a los protagonistas y su justificación de lo que hacen. A pocos meses de su muerte con más de cien años, ver Visita du memória e confissôes de Manoel de Oliveira constituye una suerte de homenaje póstumo al director. Filmada en 1982 y conservada para ser vista recién después de su muerte, un documental sobre su casa familiar, que sirve como excusa para hablar de cine, de familia, de la vida.

Safari

Si antes los directores del entonces llamado nuevo cine argentino se afanaban para mostrar sus películas en el Bafici, y Mar del Plata recibía aquello que no daba el perfil para entrar en aquel, ahora sucede casi lo contrario: el Festival de Mar del Plata muestra lo más nuevo del cine argentino, con un panorama muy amplio, que abarca obras de distintas tendencias y características. La vidriera marplatense del cine argentino es polifónica. Si bien no pude seguir la Competencia, procuré ver algunas películas que por una u otra razón me interesaban. Albertina Carri dijo que terminó su película la semana anterior a la apertura del Festival, y presentó Cuatreros, una extraordinaria obra que, una vez más, excede lo cinematográfico. La creatividad de Albertina es deslumbrante:  valiéndose de found footage, tras una exhaustiva investigación en el Museo del Cine, toda la película está montada con imágenes de otros: películas familiares, informativos, cine clásico, proyectadas en varias pantallas simultáneas, mientras su voz en off –farragosa- no cesa de reflexionar sobre el proceso de realización de la película, sus intenciones, su historia de vida, su actualidad personal, su identidad, en suma. Pero lo más importante: la instalación de la violencia en Argentina, y sus consecuencias. Una película revulsiva que, como Los rubios, abre la polémica. Hermia y Helena, de Matías Piñeiro, es una nueva simpática incursión –si bien menor que las anteriores- en el mundo de las mujeres de treintaypico, que esta vez no se limita a Buenos Aires sino que se extiende a Nueva York, donde vive el director. La gran sorpresa –porque no estaba programada- fue la última película de Mariano Llinás, otro director que, como Carri, Piñeiro y Gastón Solnicki, antes estrenaban en el Bafici. La flor es la primera parte de otro de sus grandes relatos, dura 3 horas y media y se anuncian dos partes más. Evocación de distintos géneros del cine clásico, las historias o aventuras de Llinás y de las excelentes actrices del grupo Piel de Lava van desde el cine clase B al musical, de allí al melodrama y el thriller, recorriendo la Argentina, y habrá dos continuaciones. La flor es una suerte de gran broma, donde el humor subyace en cada escena, por cruda o misteriosa que ésta pueda parecer. La otra sorpresa fue Fuga de la Patagonia, opera prima de Javier Zeballos y Francisco D’Eufemia sobre la fuga del Perito Francisco Moreno de manos de los indios. Un western local con una fotografía maravillosa, que consiste en un excelente homenaje al género, con un buen primer protagónico de Pablo Ragoni. También la directora paraguaya Paz Encina evoca la violencia y la represión en su país en su film Ejercicio de memoria, de manera casi opuesta a la de Carri: con imágenes de niños, de objetos que conforman naturalezas muertas, de fotografías, vuelve sobre la represión durante la dictadura de Stroessner, la más larga de Latinoamérica.
Entre los focos y retrospectivas, se destacaron el dedicado a Buster Keaton y al film noir, con películas muy poco vistas, rarezas como Justicia injusta (The Sound of Fury, 1950) de Cy Endfield, un mensaje contra el sueño americano, los desbordes de la América profunda y suerte de parábola del macartismo de entonces. 

Fuga de la Patagonia

Actividades paralelas. El Festival no es solamente películas: hubo encuentros muy interesantes como la charla-diálogo que el crítico –y jurado de la Competencia Internacional- Jonathan Rosenbaum tuvo durante hora y media con el público, interesado en discutir las nuevas corrientes de la crítica; la charla de la también jurado Lorena Muñoz con el público; la de Vittorio Storaro quien reveló detalles técnicos de su fotografía de Apocalipsis Now; talleres, laboratorios y presentación de libros publicados por el Festival –se destaca Entre cortes. Conversaciones con montajistas de Argentina- y por distintos autores independientes, etc.

Las entradas. Una vez más, se hizo difícil acceder a las entradas. Los acreditados de prensa teníamos adjudicadas 3 entradas por día, pero a la hora de adquirirlas online, resultó que nos vimos reducidos a dos. Enseguida se acababan, y cuando íbamos a comprarlas a la boletería muchas veces nos decían que la función estaba agotada. Así me sucedió con La flor, pero Llinás me invitó, y pude entrar. Adentro, las ¡9! primeras filas estaban vacías. ¿Por qué mienten? ¿Por qué limitar de esa manera el acceso? Este parece ser un problema grave, de base, que nunca encuentra solución.



La ciudad. Observando el otro lado de esta semana de fiesta, como marplatense para mí siempre es una alegría volver a Mar del Plata para el Festival. Es por ello doblemente doloroso ver el estado en que la ciudad recibió el evento y a la enorme cantidad de gente que llega a la ciudad por él.  En la zona del Auditorium, hoteles Provincial, Hermitage y NH Casino, donde se albergan las delegaciones, jurados, invitados y directores internacionales, productores, actores y periodistas, el estado de abandono es alarmante: basura por todos lados, los pasillos de la Rambla sucios, perros sueltos, pastos en las escalinatas de la Bristol, todo resulta bastante patético. Junto al histórico Torreón del Monje, el panorama se repite: basura, deterioro, accesos intransitables, peligrosos, y la bandera argentina hecha jirones agoniza en el enorme mástil. En la magnífica sala del Auditorium, las alfombras sucias, los baños sin agua en sus lavatorios. En la zona de los cines de la Diagonal y el Colón, las protestas de los trabajadores municipales ponen en evidencia el estado de crisis de la ciudad: manifestaciones, calles cerradas, piquetes. La Plaza San Martín frente a la Intendencia, con todas sus veredas rotas. Es obvio que tanto el gobierno de la ciudad como el de la Provincia –que administra el Auditorium y, la Rambla- no valoran la importancia que ha cobrado el Festival, ni les interesa el mismo, sin darse cuenta de que esta constituye una pre temporada turística, que el Festival otorga la posibilidad de adelantar el verano, y ya la ciudad debería estar presentable para recibir el mismo. Pero a menos que los responsables se pongan las pilas y muy rápidamente, la ciudad no estará preparada para hacerse cargo del lugar que la historia y la tradición le ha asignado.

28 de noviembre de 2016

La larga noche de Francisco Sanctis
Dirección y guión: Andrea Testa y Francisco Márquez
Argentina/2016

Josefina Sartora


Notable film porque –si bien es lo más nuevo del nuevo cine argentino- ni se acerca a los clichés tan remanidos de joven-que –se niega-a-crecer, o adolescentes-en-la-nada, o niños-ricos-aburridos, y tantas más. Este film ¡se anima a lo político! Y a pesar de estar dirigido por dos novísimos directores, muy jóvenes, nacidos después de la dictadura, reflejan el clima que vivimos en aquella época con un realismo y dramatismo estremecedor.

Basado en la novela homónima de Humberto Costantini –militante, compañero de Haroldo Conti- esta película que ganó el útimo Bafici relata un día –y sobre todo una noche- de Francisco Sanctis, un mediocre empleado de empresa que sueña con un improbable ascenso y tiene una vida tranquila con su esposa docente y sus dos hijos. Francisco es uno de aquellos que en los ‘70 se animó a la militancia –palabra que hoy la han cargado de oprobio, pero que entonces significaba luchar por un mundo mejor y más igualitario- y también tuvo sus escarceos con la literatura. Pero cuando llegó la hora de mayor compromiso, se “abrió”, como tantos otros, que eligieron esa vida oscura y prefirieron no enterarse de lo que estaba ocurriendo alrededor, incluso entre sus propios amigos. Pero el destino… es ineluctable. Le llega a Francisco en la persona de una amiga de aquel período, quien le entrega inopinadamente una información sobre personas que van a ser “chupadas” esa noche. Allí comienza el largo calvario de Francisco, que intentará de uno y otro modo sacarse la responsabilidad de encima, pasar la información, no hacerse cargo una vez más.

Hace tiempo que venimos admirando la calidad de los actores de la escena argentina, tanto de cine como de teatro. Diego Velázquez confirma una vez más su ductilidad, en este caso para encarnar ese burgués pequeño pequeño con aire chaplinesco, cuya máscara de miedo y tensión no lo abandona jamás; Valeria Lois está maravillosa en esos diez minutos como informante (no dejar de verla en las tablas con Esplendor, la obra de Santiago Loza, en el rol de Natalie Wood), y Laura Paredes y Marcelo Subiotto también excelentes en dos secundarios. Pero el centro de la escena está en Francisco, la cámara nunca lo abandona en su peregrinar por una Buenos Aires nocturna, barrial, portuaria y desértica, casi irreconocible, con una fotografía gloriosa, en cuadros cerrados, planos cortos o primeros planos cerrados, señales del encierro psicológico del protagonista.

Es destacable que en ningún momento se deja traslucir el origen literario del guión, que es de los propios directores. No hay aquí un narrador en off, no hay explicaciones innecesarias o redundantes, no hay militares ni coches con sirenas, tan solo lo que ve Francisco –gente que se esconde, o que huye- y en todo caso es el espectador –y sobre todo el que ha vivido esa época- quien conoce el contexto. Tampoco hay música, a excepción de la inclusión diegética de la canción –entonces tan popular- de Roberto Carlos, Quiero tener un millón de amigos, cuando Francisco decide asumir su destino.


(Nota publicada durante el Bafici 2016. Al parecer, problemas de derechos de autor obligaron a la eliminación de la canción final.)

19 de noviembre de 2016

Festival de Antofagasta 2016. Finale

Josefina Sartora



El Antofadocs culminó su V edición confirmando lo que percibimos en el comienzo: una excelente programación con espacio para distintas tendencias del cine más contemporáneo, y un gran profesionalismo en la organización, que funcionó como un mecanismo perfectamente ajustado bajo la conducción de Francisca Fonseca y su productor Esteban Pinto.


El jurado compuesto por la artista brasileña Katia Messel, el productor argentino Victor Bassuk y el cineasta colombiano Roberto Flores, otorgó el premio de Largometrajes a Todo comenzó por el fin, monumental homenaje al cine y a la vida, de Luis Ospina. A lo largo de 208 minutos, Ospina rememora las épocas de auge de su Grupo de Cali, que tanta obra cinematográfica y literaria dejaron en los años ’70 y ’80. El Grupo entendía el cine como forma de contrainformación, acorde con su forma de vida, un grupo contestatario, bohemio, donde droga, sexo y rock eran sus escapes, o refugio. Pero desde el comienzo, Ospina aparece en pantalla hospitalizado, muy enfermo, casi al borde de la muerte, y es a partir de esa experiencia extrema que decide evocar su pasado. La muerte está siempre presente, sobre todo en las figura de sus compañeros Andrés Caicedo –quien se suicidó a los 25 años- y de Carlos Mayolo, quien toda su vida fue autodestruyéndose con droga y alcohol. Por supuesto, hay aquí fragmentos de las películas realizadas entonces, tomas documentales del grupo, registros de época, testimonios de los sobrevivientes. Ospina realiza también una autocrítica, reconociendo que el grupo se negaba a asumir responsabilidades y a crecer, mientras toda Colombia entraba en el caos. Lo explicita la canción Nosotros de rumba y el mundo se derrumba. Si bien se estira por momentos, por ser un canto al cine, a la vida y a la amistad, el jurado decidió premiarla. La Mención Especial fue para Oleg y las malas artes, del español Andrés Duque, otro homenaje a un artista absolutamente original, Oleg Nikolaevich Karavaichuk, un músico de 88 años extravagante, admirador de Stalin, quien ha tocado en el Hermitage por 30 años. Un hombre enjuto pero vital, de curiosa figura, y el film recoge sus disquisiciones sobre la música y otros temas, su ejecución de su propia música para piano, fuerte y sincopada, improvisaciones, y sus permanentes peroratas. Un documental fascinante.

Klaudia Kemper con su premio

En la sección Nuevos Lenguajes, los jurados Carolina Larraín, Jose Víctor Fuentes y Santiago Loza premiaron el documental de la realizadora chilena Klaudia Kemper, El presente (no existe). Ella pone la cámara en su casa, un estrecho departamento donde filma la cotidianeidad de 3 generaciones: ella, su madre y sus dos hijas. La idea es
registrar todo lo que viven, el paso del tiempo, y encuentra y lee cartas que su padre le escribió desde Brasil durante 21 años. Un film algo experimental y claustrofóbico, con el acento apoyado en el registro de la intimidad.

De la rica programación vimos también la hermosa película del jurado Roberto Flores, Ruido rosa, un melodrama, una historia de amor diferente. Los protagonistas son dos seres mayores, solitarios, que en el otoño de sus vidas tienen un encuentro que cambiará su corazón. Filmada en el barrio antiguo de Barranquilla, en época de lluvias torrenciales, con pocos recursos, menos diálogos, una iluminación sugestiva, este film minimalista constituyó el mejor cierre para este Festival.

El maestro Agüero

Francisca Fonseca presenta a Ignacio Agüero

La clase de Ignacio Agüero ante estudiantes de periodismo y algunos cinéfilos amantes del documental fue realmente magistral. El maestro comenzó citando lo que escribió para el catálogo del V Antofadocs: “El documental, si se toma como un dispositivo de imágenes, tiene que hacerle caso a su naturaleza visual, y desde ese mismo momento deja de ser un instrumento de la información. Puede ser instrumentalizado como vehículo informativo, pero es ahí cuando pierde toda la riqueza de su lengua que habla más del misterio que de la evidencia, de la incertidumbre que de certezas. El documental como cine, está más cerca de la complejidad que de lo cierto.”

Este eximio documentalista manifestó que su carrera se ha debatido siempre en esa contradicción: entender el documental como experiencia de conocimiento o trabajarlo como transmisor de información o de ideas. El va contra la corriente más clásica y sostiene que el documental no está para decir las cosas como son, o para decir lo que se tiene que decir, sino que el cineasta es trabajado por la idea que su película trabaja. En momentos del fin de las certezas, el documentalista debe trabajar lo incierto y ambiguo. Sin embargo, hay momentos en que no hay lugar para la ambigüedad: por ejemplo en su film El diario de Agustín, sobre el estímulo que el diario El Mercurio dio a la dictadura y a sus crímenes, había que tener una posición definida. Por el contrario, El otro día es un documental en el que el cineasta trabaja con lo contingente y aleatorio, con un gran espacio para lo desconocido, y el espectador está convocado a hacer la película junto al realizador.

Vimos a continuación su segundo documental, Como me da la gana, realizado en 1985, en el cual entrevistaba a varios directores de cine chilenos que en esos momentos estaban rodando sus películas. Agüero los indaga sobre cómo es hacer cine durante la dictadura. En 2016, 30 años después de aquél, Agüero realiza Como me da la gana II, presentado en este Festival y el mes pasado en la Viennale. Esta segunda versión es aún más libre: ahora el director aparece entrevistando a otra generación de directores, que hoy representan al nuevo cine chileno. Es así como vemos a Christopher Murray durante el rodaje de El Cristo ciego, a Pablo Larraín filmando Neruda, a José Luis Torres Leiva durante la filmación de El viento sabe que vuelvo a casa, todas películas proyectadas en el Antofadocs, a Analy Rivas y varios otros. La pregunta ahora es qué constituye lo cinematográfico en su obra, algo que casi nadie osa responder. Pero el asunto no acaba allí: el documental presenta un complejo trabajo de montaje, con la articulación de esas entrevistas con escenas de otros documentales de Agüero, la importante presencia de Alicia y su trabajo al frente de talleres de cine para niños, niños viendo cine (una propuesta permanente del director), etc. Agüero dice que su documental está compuesto por hebras entrelazadas, y el espectador debe trabajar para ir reconociéndolas.

Mirando el territorio
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El Festival continúa unos días más con el broche de esta sección: un taller de filmación en el que 12 jóvenes de distintas ciudades de la zona Norte de Chile deben elaborar un corto en una semana, rodado en la ciudad. Coordinados por David Pantaleón, de las islas Canarias (compatriota del jurado Jose Víctor Fuentes) por todos lados se veía a estos jóvenes recorrer la ciudad, conversar sobre sus proyectos, filmar locaciones. Una propuesta muy interesante, digna de imitar, de este Antofadocs.

Con Santiago Loza, Jose Víctor Fuentes (jurados) e Ignacio Agüero sobre uno de los pocos verdes de la ciudad