18 de agosto de 2016

Ni un pelo de tonta

Detrás de los anteojos blancos (Dietro gli occhiali bianchi)
Dirección y guión: Valerio Ruiz
Italia/2015


Después de formarse como asistente de Federico Fellini en 8 1/2, Lina Wertmüller se lanzó a la dirección de cine. Tres películas la colocaron en el primer nivel del cine italiano en los ‘70: Mimí metalúrgico, Amor y anarquía y Pasqualino Settebellezze, que lanzaron también las carreras artísticas de Giancarlo Giannini y Mariangela Melato, dos intérpretes que hasta entonces no habían tenido su gran oportunidad. Lina se la dio, y los tres vivieron su momento de mayor celebridad.

En su opera prima, Valerio Ruiz –asistente de Lina- traza un cálido e íntimo retrato de la directora, cercana a sus 90 años, caracterizada por su aspecto andrógino, su pelo muy corto y sobre todo, por usar siempre anteojos blancos, como Victoria Ocampo. Si los de Victoria siempre fueron cuadrados, los de Lina son rectangulares. Ella repasa sus propias memorias, y testimonios de actores como Giannini y Sophia Loren (quien actuó con ella en varias oportunidades) y Rutger Hauer, directores como Martin Scorsese y críticos como John Simon, componen un cuadro que alterna con recorridas de Lina por su departamento de Roma, rodeada de lámparas Tiffany, y en su espléndida mansión campestre.

Casada con el dibujante, escenógrafo y vestuarista Enrico Job, mantuvo con este una estrecha colaboración artística tanto en el cine como en sus régies de ópera, dada la versatilidad de la artista, quien también canta en este film. Se trata de un documental muy convencional, sin ninguna sorpresa, donde tampoco faltan los fragmentos de la abundante filmografía de LW. Si bien se mencionan las posturas radicales de Wertmüller, todo el aspecto político, el tema de su feminismo, su lugar inconformista y de denuncia social, incluso su morbo, daban para ser más desarrollados. Ruiz se perdió la rica oportunidad de tener a su disposición a la retratada –tan inteligente como generosa- para más declaraciones.

Lina Wertmüller fue la primera de las únicas 4 mujeres que tuvieron una candidatura al Oscar por mejor dirección.


Josefina Sartora

11 de agosto de 2016

La muerte llega a nosotros

Fuocoammare
Dirección y guión: Gianfranco Rosi
Italia-Francia/2016


El documentalista Gianfranco Rosi –Rosi es un apellido siempre asociado al cine italiano-, realizador de Sacro Gra y Sicario, presenta un cuadro de situación de la isla de Lampedusa, frente a Sicilia y a pocas millas marinas de África. Hacia allí se dirigen las barcazas abarrotadas de refugiados africanos que huyen de condiciones de pobreza extrema con la ilusión de una vida mejor en Europa. Conocemos el drama: durante el viaje de varios días en condiciones miserables –que les ha costado su buen dinero- cientos de hombres, mujeres y niños sufren hambre, deshidratación y asfixia. Las patrullas costeras italianas cumplen con el duro trabajo de rescatar a los sobrevivientes, trasladar los numerosos cadáveres, ocuparse de la recuperación física de los refugiados  para después insertarse en la sociedad.

El documental no ahorra detalles visuales, por escabrosos que sean: si al principio vemos barcos y helicópteros en tomas panorámicas, voces anónimas pidiendo rescate por radio, a medida que avanza el film la cámara se acerca a esos seres, se hacen identificables y el film cobra mayor dramatismo, hasta llegar a la exposición de la muerte, en suma. Sin embargo, el film se resiste a dar detalles de la peripecia.


El film presenta dos mundos que coexisten, en paralelo: en montaje alternado, registra la vida cotidiana de la familia de un preadolescente que vive ajeno a lo que sucede en su isla. La cámara sigue a Samuele en sus juegos con en el bosque con un amigo y su gomera, sus visitas al médico, su entorno, sus comidas familiares, la mujer con la que vive -también ajena al drama-, los pescadores del pueblo, ni siquiera el locutor en la radio parece tener registro de lo que está sucediendo en Lampedusa. Todos ellos viven sin dar muestras de participar de la dramática invasión que sufre la isla por seres heridos física y espiritualmente. Samuele está en íntimo contacto con la naturaleza –la tierra, los árboles, los pájaros están fotografiados con gran belleza-, pero no tiene ningún registro de lo humano. Sólo el médico, que considera un deber moral ayudarlos, participa de ambos mundos. Tremendo contraste este, entre el individuo identificado, con una historia propia, intereses particulares, dificultades precisas (demasiado obvia la metáfora del “ojo perezoso” de Samuele, è troppo), y la masa de refugiados si nombre, de quienes poco sabemos, que hablan otra lengua y ni siquiera pueden decir de dónde vienen. Pero resulta evidente que su origen difiere en mucho del ambiente que rodea a Samuele.  Es obviamente también contrastante la belleza del lugar (habíamos visto la belleza de Lampedusa en el film Respiro, de Emmanuele Crialese) y la tragedia que amarra en sus playas.


Así como Sacro Gra (ganador del León de Oro en Venecia) constituye un fresco de Roma, en su último documental Rosi compone un cuadro de la situación que hoy atraviesa toda Europa, con la ola inmigratoria, y en cierta manera es un llamado o una toma de conciencia, y una reflexión sobre el rol del cine en esta circunstancia. Fuocoammare (Fuego en el mar) ganó el Oso de Oro en el último Festival de Berlín. Allí fue acusada de pornográfica y exhibicionista, por la crudeza de sus imágenes. No es sencillo filmar la muerte, pero no encuentro aquí ningún regodeo, sino respeto. Sin haber visto el resto de la competencia, en principio parece demasiado lauro para este documental que, si bien muy correcto, no creo que vaya a dejar huella en el género.


Josefina Sartora

8 de agosto de 2016

Monumental fresco sobre la vida en Irak

Homeland (Iraq Year Zero)
Dirección y guión: Abbas Fahdel
Irak-Francia/2015

Y el Malba se atrevió con Homeland. No era fácil encontrarle sala a un film como éste, en una ciudad donde casi no se estrenan documentales extranjeros, donde la propaganda no favorece precisamente a los árabes, donde el cine mainstream presenta una imagen racista y negativa de ellos, y sobre todo, ¿cómo estrenar una película que dura 334 minutos es decir, cinco horas y media? Hasta ahora sólo habíamos tenido la oportunidad de verla en los festivales de Mar del Plata (con la presencia de su director), Cosquín y el Bafici, y había de ser un espacio como el Malba, templo del buen cine no comercial, no interesado en el rating ni en los ingresos de taquilla, el que osara mostrarla.


Homeland es una película singular. Es la primera vez que trasciende y llega a las pantallas internacionales un documental sobre Irak realizado por un iraquí, Abbas Fahdel, residente en Francia desde hace muchos años. Tal vez este detalle haya ayudado a que su obra se conozca. Es singular entonces por su punto de vista y de partida: el realizador regresa a su país en 2002 en vista de una posible intervención de los Estados Unidos y registra la vida cotidiana de sus habitantes, haciendo foco en su propia familia en Bagdad y otras ciudades. Hermanos, primos, sobrinos, cada uno de ellos está identificado en el transcurrir de su vida diaria: comidas, charlas y relaciones familiares, fiestas, trabajo, momentos de reposo, frente  programas de televisión que muestran el populismo de Saddam Houssain y su culto. Porque estas tomas, que ocupan toda la primera parte que lleva por subtítulo Antes de la caída, suceden antes de la invasión de Estados Unidos al país, y todos hablan de la inminencia de que esta se produzca, de la guerra que viene. Así por ejemplo, se preparan para tener agua durante esa guerra que se anuncia como inevitable. Esta primera parte, en la que los niños y jóvenes cobran protagonismo, difiere en mucho de la imagen que nos ha vendido occidente de Irak como el país del caos y la amenaza.


La segunda parte, Después de la batalla, es más dramática, y configura un salto temporal, tras una elipsis durante la cual se ha producido la invasión de los Estados Unidos en 2003, en busca de aquellas poderosas y mortíferas armas químicas que supuestamente ocultaba el régimen, que justificaron la invasión  y que las poderosas tropas yanquis nunca pudieron encontrar, porque se nos hace más que evidente que ese país no estaba en condiciones de generarlas. Dicha invasión queda fuera de campo, y vemos el estado en que ha quedado la ciudad tras la devastación: la cámara recorre las mismas calles, ahora con sus edificios destrozados, entrevista a sus vecinos, desesperados por la pérdida de su hogar y pertenencias, por el pillaje, su lucha por conseguir los alimentos racionalizados, y lo que es peor, su dolor por las vidas perdidas. Porque en el film de Fahdel es el cuerpo social, su clase media, quien está en primer plano, casi no hay referencias ni evaluaciones sobre el trasfondo político o militar, tanto interno como externo. Incluso los soldados “americanos” son observados como consecuencia de una realidad que los trasciende, al igual que los iraquíes que han sobrevivido a la primera invasión. Todos han debido ajustar sus condiciones –para peor- a fin de poder continuar su vida. Además de las vidas perdidas, ahora sí es notable la destrucción que se ha operado sobre su cultura, instituciones, museos y la cinemateca derruidos, por parte de un invasor que llegaba para restablecer el orden y la democracia. Houssein no queda endeble: en la primera parte se sugiere, en la segunda queda en claro que fue un dictador que gobernó con un régimen opresivo. Porque toda esa segunda parte resignifica la primera. Uno de los momentos más rotundos es cuando sabemos que algunos de los personajes que ya nos eran familiares, que se habían ganado nuestra simpatía, murieron durante la invasión, como tantos otros, anónimos. No por anunciada, sus muertes resultan más tolerables en ese descenso a los infiernos. Fahdel conoce el poder de la imagen, que ha registrado y montado él mismo, para dar un testimonio formidable de un estado de situación abyecta que no requiere más explicaciones.

El título del film es un obvio homenaje al Roberto Rossellini y su Alemania año cero, sobre la Alemania de postguerra, también destruida, también pronta a recomenzar. Si esto fuera posible.


Josefina Sartora

3 de agosto de 2016




Ficciones del dinero. Argentina, 1890-2001
Alejandra Laera
Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, septiembre de 2014
398 páginas



Alejandra Laera realiza una lectura original de la literatura argentina con el foco puesto en el protagonismo del dinero como principio disparador de la acción en los relatos de ficción, que en todos los casos fueron reveladores de la realidad argentina que les era contemporánea. Este novedoso y lúcido ensayo comienza por el análisis de varias novelas publicadas a fines del siglo XX: El aire, de Sergio Chejfec, Wasabi de Alan Pauls, Plata quemada de Ricardo Piglia, Varamo de César Aira y La experiencia sensible de Fogwill, serían claves anticipatorias de la crisis social, económica y política de principios de este siglo. Dichas obras presentan una puesta en crisis del dinero como héroe de la historia, su degradación o incluso, su disolución y plantean diversas alegorías y formas en que el dinero se relaciona con la literatura. Literatura y dinero ya presentaban una tensión en las ficciones de fin del siglo XIX, época de la otra gran crisis. Hacia ellas retrocede la autora para estudiar esa tensión desde La Bolsa de Julián Martel, que desde el realismo efectúa una lectura social, y en un recorrido por la novela argentina estudia la evolución de la figura del escritor en su relación con lo económico, desde Roberto Arlt  hasta Borges. En ambas épocas encuentra similitudes y contrastes, simbologías y distintos aspectos de la producción y distribución, tales como ediciones, debates y por supuesto, premios.


Josefina Sartora
(Nota publicada en Le Monde Diplomatique, Nº 203, mayo 2016)

27 de julio de 2016

Caín y Abel en Islandia

Rams. La historia de dos hermanos y ocho ovejas (Hrútar)
Dirección: Grímur Hákonarson
Guión:  
Islandia-Dinamarca-Noruega-Polonia/2015.


En Historias de caballos y de hombres ya vimos cuánto más ligados están los islandeses (o por lo menos los campesinos) a la naturaleza y los animales que lo que acostumbramos nosotros. Si en aquel eran caballos, aquí los animales elegidos son los ovinos, cuya cría es una de las principales actividades rurales de esa isla volcánica. En parajes abiertos y climas que recuerdan lo más crudo de nuestra Patagonia, dos hermanos viven en casas contiguas, crían ovejas en la misma granja y hace cuarenta años que no se dirigen la palabra. Ambos ya algo viejos, ambos solteros y muy solitarios, compiten todos los años por el mejor reproductor, carnero (ram en inglés) de una vieja estirpe que ambos crían. Su única vía de comunicación es un perro que lleva y trae mensajes escritos cuando se ven forzados a comunicarse algo.


Cuando una epidemia ataca a los animales, el Estado determina la completa eliminación de los mismos, imponiendo una cuarentena de dos años que impedirá su crianza. La economía de la región y toda su comunidad sufren un duro golpe, y ambos hermanos quedan devastados. Cada uno reacciona según su carácter: el más rústico y brutal Kiddi se entrega a la bebida y agrede a su hermano Gummi, más pacífico, quien urde un plan secreto para salvar el linaje –y para continuar dando un sentido a su vida. Ante la adversidad, ambos asumirán la misma resistencia, con una vuelta de tuerca inesperada.


Con escasos diálogos –después de todo son granjeros rústicos que viven en soledad, más acostumbrados a manejar las manos que la lengua- pocas explicaciones, donde los nombres de esos grandulones no son el único rasgo de humor, lo que empieza como comedia deviene un drama rural oscuro que apela a arquetipos humanos tales como la rivalidad fraterna. Las marcas de su pasado en el documental se vislumbran en la narrativa de Grímur Hákonarson, en su observación de ese grupo social de Islandia y sus costumbres. Que trasciende los límites y deviene universal y humano. Es significativa la escena en la que Gummi celebra la Navidad con una cena a solas, vestido para la ocasión, como no lo son menos los encuentros que tiene con sus ovejas, el modo en que dialoga con ellas, cálidamente, que refleja la ternura que yace oculta bajo sus aspectos hoscos.

Otro film valioso de una cinematografía que siempre sorprende por su agudeza, premiado en la competencia Un Certain Regard de Cannes.


Josefina Sartora