22 de febrero de 2017

Un dolor irreparable

Manchester junto al mar (Manchester by the Sea)
Dirección y guión: Kenneth Lonergan
Estados Unidos/2016

Josefina Sartora


Kenneth Lonergan vuelve con otra historia de crisis familiar, que muestra las consecuencias que acarrean hechos tan inesperados como dolorosos. Si en Puedes contar conmigo era la muerte de los padres y su efecto sobre los dos hermanos que sufren la pérdida, y en Margaret las reacciones que puede producir un accidente, en Manchester by the Sea se desarrolla una historia que, mediante sucesivos flashbacks articulados de manera alternada, va entrelazando dos tragedias. Casey Affleck vuelve a poner todo su talento actoral para crear a Lee, un personaje hosco, taciturno y solitario con una vida nada envidiable en Boston, lidiando con clientes y buscando peleas en los bares, provocadas por su carácter irascible. Las primeras escenas lo presentan con trazos firmes, contundentes: Lee tiene todo bajo control hasta que se dispara su furia. Su vida se ve alterada con la noticia de la súbita muerte de su hermano mayor, quien ha sufrido un infarto mortal. Cada movimiento que ejecuta Lee genera un flashback por el cual vamos conociendo aspectos de su historia: la amorosa y fluida relación que tenía con su hermano (Kyle Chandler), con una mujer alcohólica y un hijo, y también su delicada condición cardíaca. El hermano lo ha nombrado –sin advertirle- tutor de su hijo adolescente, y esta situación altera la vida de Lee, quien no desea esa paternidad ni tampoco regresar a Manchester, donde lo rodean dolorosos recuerdos. Lonergan va entregando la información dosificadamente, en sucesivos flashbacks que informan de la tragedia que ha vivido Lee, que lo ha marcado para siempre y que no conviene revelar ahora.

Lonergan saca el mejor partido de las locaciones del film, un pueblo en la costa de Nueva Inglaterra en invierno, lo que hace más duro y seco el drama. Un pueblo pintoresco que parece tan bucólico y placentero, con un mar imponente y que sin embargo constituye una trampa para el protagonista. Mientras tío y sobrino se ajustan a la nueva situación, crece entre ellos una fuerte relación que excede los trámites burocráticos o funerarios, surgiendo una camaradería que a Lee le genera sentimientos encontrados. Porque también reencuentra en Manchester a su ex mujer (la enorme Michelle Williams) y brota entre ellos el dolor del pasado, heridas que permanecen abiertas. El film crece cada vez que Williams está en pantalla, y la escena entre ambos es una de las mejores que he visto últimamante, plena de angustia compartida, de duelo, sacrificio y también, de amor: escalofriante.


Después de la proyección en el Festival de Viena, donde fue película de apertura,  Lonergan nos concedió una entrevista. Preguntado por su parquedad en realizar films (3 en quince años) dijo que además está ocupado con su trabajo como guionista y la puesta de sus obras de teatro. El teatro y su paternidad ocupan casi todo su tiempo. Que no elije los temas sino los temas lo elijen a él, y que la reiteración del asunto no fue una elección consciente, no sabe por qué se produce. Le pregunté por qué eligió temas musicales tan populares –y usados tantas veces en el cine- como El Mesías de Handel o el Adagio de Albinoni para musicalizar largas secuencias –alguna sin diálogo- y respondió que en los Estados Unidos esos temas no son nada populares ni siquiera conocidos, y que a él particularmente lo conmueven, e ilustran la historia, por eso los seleccionó. Yo encuentro que la banda sonora no ayuda al film sino que lo reblandece, invadiéndolo todo, y entra en contradicción con el tono austero, en uno de los aspectos más débiles.

Lonergan maneja el melodrama siempre en el filo del exceso emocional, cuidando de no traspasar el límite. Experto guionista, su película es un ejercicio de psicología en la creación de un personaje del cual tenemos poca información verbal, pero sí actoral, con una personalidad en contraste con la de su sobrino (Lucas Hedges), con quien forman un dúo muy particular y conmovedor y con quienes se permite incluso la comedia.


20 de febrero de 2017

¿Soy linda?

Las lindas
Dirección y guión: Melisa Liebenthal
Argentina/2016


Las lindas fue una de las alegrías del último Bafici, donde tuvo el premio como mejor directora de la Competencia Argentina, y ahora se exhibe en el Malba. Una agradable sorpresa, opera prima de una directora muy joven, documental-ensayo sobre las jóvenes porteñas de su medio ambiente de clase media alta, que llegó con un premio en Rotterdam.

Desde niña, Melisa ha fotografiado y filmado a sí misma y sus amigas, y ahora, a los veintipico, las entrevista para que hablen sobre las vivencias de su edad, su pubertad, el devenir mujer, los tabúes, normas y mandatos familiares y sociales, sus deseos y miedos.

Lo que empieza con testimonios algo banales va cobrando densidad e inteligencia de la mano de una directora que no se queda allí, sino que indaga –a veces con humor corrosivo- en temas como género, autoimagen, la importancia de la mirada de los otros, el aspecto físico y la necesidad de parecer linda, de seducir a la gente, disquisiciones sobre el pelo largo que hoy todas llevan, o la depilación, y la necesidad -o no- de responder a un modelo femenino establecido.

Un film de iniciación, muy lúcido, que interpela al espectador sobre su propia imagen, sobre sus convenciones, sobre su propia mirada.

Josefina Sartora


8 de febrero de 2017

Destruyendo mitos

Neruda
Dirección: Pablo Larraín
Guión: Guillermo Calderón
Chile-Argentina-Francia-España-Estados Unidos/2016

Josefina Sartora


Vista en el Festival de Antofagasta, película de apertura del Festival de Mar del Plata, en Buenos Aires se estrena Neruda, de Pablo Larraín.

Mi relación con el cine de Larraín siempre ha sido ríspida. He buscado los valores que todos parecen encontrar en él, y que lo ha consagrado como uno de los más importantes directores chilenos del momento, si no el más, muy preciado y premiado. Pero mi búsqueda no ha dado buenos resultados, casi nunca. Tony Manero y Post Mortem me parecieron demagógicas y No, por lo menos oportunista. Creo que su mejor es El club, una película bastante incómoda, o menos complaciente.

Con Neruda, Larraín vuelve a revisar la historia reciente de Chile: ficcionaliza la persecución que sufrió Pablo Neruda en 1948, bajo el gobierno de Gabriel González Videla, cuando su Partido Comunista fue proscripto y pasó a la clandestinidad, y él tenía pedido de captura a pesar de su condición de senador. Luis Gnecco, el actor veterano que ya es figura conocida en el nuevo cine chileno, da el cuerpo a Neruda, y se parece bastante a la imagen física que tenemos de él. Su interpretación no aporta ningún matiz de diferencia con las que actuara para el obispo de El bosque de Karadima o el abogado penalista de Aquí no ha pasado nada: un burgués poderoso, que conoce los laberintos del poder, que goza de ciertas prerrogativas, a sabiendas de que su condición ha de mantenerlo al margen de ciertas exigencias que aquejan al hombre común. En un momento de la película, una camarada se ocupa de echárselo en cara. Larraín concibe a Neruda como un hombre lábil y frágil, un ególatra, un artista y político fundamental que padece de ciertas debilidades humanas, sobre todo de la carne. Frente a la figura de su mujer Delia del Carril (interpretada por Mercedes Morán) la imagen de Neruda se achica, poniendo en evidencia su dependencia y debilidad, sus contradicciones, su relatividad moral. El retrato de Neruda llega a bordear el ridículo, sobre todo en las escenas en prostíbulos, que ponen en evidencia su machismo y el de los chilenos en general. Oscilando entre el drama y la farsa, el film no puede evitar caer en la solemnidad.


Lo peculiar de este retrato de una época del escritor reside en que la película tiene la (molesta y persistente) voz de un narrador, contraparte del protagonista. Larraín ficcionaliza el personaje de un perseguidor: Gael García Bernal es el policía encargado de darle caza a un Neruda prófugo, quien recorre Chile buscando refugio, hasta que opta por pasar a Argentina a caballo por un paso en el Sur. De manera que conocemos la historia desde el ficticio e improbable punto de vista del narrador que va pisando los pasos del poeta, quien a su vez sufre el acoso de éste, y de una u otra manera le hace llegar libros de la colección Séptimo Círculo, de la que ambos son aficionados. Neruda manipula así a su perseguidor. El film muta así de documento político a thriller donde el gato y el ratón son a veces intercambiables. El narrador convierte la cacería en literatura auto reflexiva: pasa a ser una elaboración acerca del autor y su obra. El policía quiere homologarse en cierta forma con su perseguido, se resiste a su lugar de personaje secundario, ansía el protagonismo. Pero es un hijo de puta literalmente hablando, y un pobre diablo que no está a la altura de su presa; él mismo lo dice: “perseguí el águila y no sé volar”.


El film es técnicamente correcto, concebido para tener su lugar en los festivales y la distribución masiva internacional, y fue filmado en simultáneo con Jackie, de próximo estreno, la entrada de Larraín a Hollywood. Con cámara muy inquieta, por momentos circular, lo cual imprime un dinamismo extra, hay una elección estética por la iluminación tenebrosa, el uso de luz natural, las oscuridades y claroscuros que ello genera, propios del noir y que acaso simbolicen la oscuridad de toda la época del auge del fascismo en Latinoamérica. Cuyas consecuencias habrían de derivar en la dictadura de Pinochet, de fugaz aparición en el film dirigiendo ya entonces un campo de concentración. El guión contiene numerosas elipsis, cambios de ritmo y anacronismos tal vez intencionales (Neruda tenía 44 años en 1948, y aquí parece mucho mayor, es el Neruda de los ‘70).


Como los otros films de Larraín, es ideológicamente ambiguo; frente a sus películas siempre tengo la sensación de que oculta un otro mensaje soslayado, subyacente, diferente del mostrado, con otra intención que acecha detrás de la obvia. Pareciera como si a Larraín le resultara difícil –o por lo menos, contradictorio- diferenciarse de su familia, aristocrática, con poder durante Pinochet. Su cinismo impregna toda la obra. En este caso, es ambiguo  sobre todo en su tratamiento del personaje, casi una caricatura de sí mismo. Neruda es bajado del pedestal: no vale como político, y ni siquiera como poeta, recitando una y otra vez, sin ganas, cansina y artificiosamente, casi como en una broma sarcástica, sus Veinte poemas de amor.

1 de febrero de 2017

La búsqueda del padre

Cuatreros
Dirección y guión: Albertina Carri
Argentina/2016













Albertina Carri presentó su quinta película, Cuatreros, en el festival de Mar del Plata y lo hará también en la Berlinale., en simultáneo con su estreno en Buenos Aires. Se trata de una inusual, original obra que, una vez más, excede lo cinematográfico. La creatividad de Albertina es deslumbrante:  valiéndose de found footage, tras una exhaustiva investigación en el Museo del Cine con la colaboración de Leandro Listorti, ha realizado una película completamente montada con imágenes filmadas por otros: películas familiares, publicitarias, informativos, cine clásico, proyectadas en varias pantallas simultáneas, mientras su voz en off –farragosa- no cesa de reflexionar sobre el proceso de realización de la película, sus intenciones, su historia de vida, su actualidad personal, su identidad, en suma. Este trabajo es una reelaboración de la instalación audiovisual que había presentado en 2015 en el Parque de la Memoria.

Si bien ella misma declara al principio que el punto de partida fue la búsqueda de Isidro Velázquez,  un gaucho rebelde del Chaco, al cual su padre, el sociólogo Roberto Carri, le había dedicado un libro fundamental –Isidro Velázquez: Formas prerrevolucionarias de la violencia-, y que también había motivado a Pablo Szir a realizar un documental hoy desaparecido al igual que su director, la búsqueda de Albertina excede el objetivo inicial.

Ella declara también que este es un western. Sin embargo, el film excede todo género, es imposible de catalogar: por detrás de la información documental, es capital la experimentación con la imagen. Es notable la significación que cobran 3 o 4 fotogramas independientes proyectados simultáneamente, la carga política que logran los mismos, y esto sin que el discurso esté explícitamente vinculado a la imagen. Y lo más importante: la permanente actualización de la instalación de la violencia en Argentina, y sus consecuencias. A pesar de todo ese contenido, tal vez el epíteto que más le calza al film es el de autobiográfico. Como Los rubios –otro documental como éste, en primera persona- la voz y la personalidad de Albertina se imponen. Sus motivaciones personales, su (im)posibilidad de filmar la historia de Velázquez, sus viajes en busca de su personaje, su vida familiar con su abuela y hermanas, su posterior matrimonio que constituyó una familia no convencional, son de la mayor relevancia. Albertina se explaya –tal vez demasiado, su discurso no conoce el silencio, ni siquiera la pausa- y su persona termina por ocupar todo tiempo y espacio. Y sin embargo, en el fondo  se trata de la misma búsqueda de Los rubios: la búsqueda de esos padres que nunca volvió a ver, que han marcado su vida, y ante los cuales ella vacila en ocupar su lugar. Y la conformación de una familia, en última instancia.

Una película revulsiva, de múltiples capas y sentidos, que cada espectador decodificará personalmente, y que, como Los rubios, nace destinada a la polémica.

Josefina Sartora