16 de enero de 2017




Remontajes del tiempo padecido. El ojo de la historia 2
Georges Didi-Huberman
Buenos Aires, Biblos, febrero de 2015
240 páginas



¿Cómo hacer visible la violencia? Didi-Huberman vuelve a abordar el estudio de las imágenes y su rol social. Siguiendo las teorías iconográficas del siglo XX, reúne ensayos sobre la construcción de una legilibilidad crítica de imágenes que muestran las heridas abiertas de la historia reciente. En primer lugar, se plantea el problema de la legibilidad de un acontecimiento histórico tan fundamental como la apertura de los campos de concentración del régimen nazi. Los primeros testimonios de los campos fueron visuales: a través de las imágenes el mundo conoció el horror de lo que sucedía en ellos. Hubo que abrir los ojos y uno de quienes ejecutaron un registro visual fue Samuel Fuller, quien después de elaborar un film documental en crudo que nunca pudo editar, hará dialogar esas imágenes con su cine bélico, transformando sus registros en una constante articulación entre imagen y dignidad.
Por otro lado, el autor aborda la obra del referente obligado para el montaje de imágenes de la violencia: Harum Farocki, bajo la tesis de que todo su cine está concebido como un ensayo. Estudia las múltiples elaboraciones del montaje -y su importancia- en las que imágenes de control están unidas a la destrucción. Un trabajo tan irreductible como el que realiza Agustí Centelles con sus fotografías sobre la Guerra Civil Española, o el abordaje plástico a las catástrofes en la obra de Christian Boltanski.

Josefina Sartora

(Nota publicada en Le Monde Diplomatique, ed. argentina, Nº 208 octubre 2016)


14 de diciembre de 2016

El museo de Bellas Artes, revisitado

Josefina Sartora


¿Qué (im)probable vínculo se establece entre una pintura de batallas nocturnas, la mano perdida de Cándido López y el embarazo de la señora (Luciana Mastromauro) que nos guía en esta visita? ¿O entre una marina de Gustave Courbet, su pobreza final y la casona familiar de esta otra guía (Anabella Bacigalupo)? Tal el trabajo de relaciones que establecía el libro de María Gainza, El nervio óptico, y que ahora, bajo la dirección teatral de Analía Couceyro, se pone en escena en las salas del Museo Nacional de Bellas Artes.

Una de las actrices más talentosas del momento, la versatilidad de Couceyro ya la había llevado a cruzar los caminos de la plástica y la literatura con el teatro, y ahora, en un paso más, tan arriesgado como fascinante, a ella y Gainza se les ha ocurrido teatralizar la pintura. Guiados por una suerte de docente infantil, quien nos advierte de no recostarnos sobre las pinturas, los visitantes/público recorremos el museo en ambas plantas, deteniéndonos en siete obras, que son presentadas por siete actrices. En cada una de ellas, se cruza la obra con la biografía del pintor y algún relato autobiográfico de la presentadora, en el cual no está ausente una cuestión de clase. A veces la pintura se impone: es imposible sacar los ojos de esos rojos dramáticos de Rothko, aunque el relato de Paula López Moyano sobre sus andanzas en el hospital sea muy divertido, pero esos rojos remiten a la sangre derramada por el pintor. En otros, la historia lleva la pintura a un segundo plano: el miedo a volar de la presentadora (Florencia Bergallo) invade el pequeño retrato que Henri Rousseau realizara de su padre.


En todos los casos, la dinámica es intensa, todos quedamos absorbidos por esos relatos, casi todos dramáticos, pero la docente que nos guía no nos da tiempo a reponernos, porque ya nos lleva a una nueva obra, en otra sala. El vestuario concebido por Lara Sol Gaudini no es un detalle menor, al contrario. La blusa verde que lleva Julieta Gallina acompaña la pintura de El Greco tan simpática y armónicamente como los tonos pálidos de Juliana Muras el autorretrato de Tsuguharu Foujita, y ni qué decir de la propia Couceyro, con un sombrero idéntico al que lleva la niña en un retrato de Augusto Schiavoni.


Una vez más, comprobamos el talento de las actrices de nuestro medio, y en este caso, todas juntas en una experiencia admirable. Es imperdible, pero como todo lo bueno, no es fácil: se repite solo 3 veces, el 14, 20 y 21 de diciembre, hay que estar bastante antes de las 19 para hacer la cola y conseguir una de las 20 entradas que se entregan gratuitamente.

Por si todo esto fuera poco, al final, un brindis con champán por los 120 años del Museo.
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12 de diciembre de 2016



Romina Paula
Acá todavía
Buenos Aires, Entropía, 2016

Josefina Sartora



El título de esta novela, aparentemente críptico, es significativo. Dos adverbios, el de lugar y el de tiempo, podrían aquí ser intercambiables. Todavía es el subtítulo de la primera parte, que se desarrolla durante la enfermedad del padre, y remarca el estado de stasis de Andrea, la protagonista, mientras espera en el hospital alguna evolución dentro del cuadro de gravedad. Conocemos bien esos tiempos muertos, este estado fuera de la realidad  que se vive en los hospitales, esos momentos en los cuales parece que le tiempo no transcurre, que la vida cotidiana exterior se ha detenido, o ha quedado entre paréntesis, tan bien transmitidos aquí. Así navega la muchacha en esos días de la agonía paterna. La segunda parte, subtitulada Acá, transcurre en Uruguay, donde acude Andrea a arrojar las cenizas paternas al mar, y en busca del padre de su posible hijo. Nuevamente, son los tiempos estancados, las decisiones que tardan en llegar, el estado de indefinición y duda.

La última novela de Romina Paula –a quien le debemos Agosto, Fauna y otras obras teatrales, y actuaciones actorales tan talentosas como su literatura- está fuertemente arraigada en una identidad generacional, y hace pensar en lo autobiográfico. Lo mismo ocurría en Agosto. Todos sus personajes son los jóvenes porteños de treintaylargos, con sus modos, su jerga, sus principios y prejuicios. Con madre ausente, las únicas mujeres mayores que encuentra Andrea –protagonista y narradora en primera persona, a través de cuyo exclusivo punto de vista accedemos a la historia- son personas sabias, distantes, algo incomprensibles para un personaje que parece no haber salido nunca de su micromundo juvenil.

Con una prosa fluida y fresca, con giros expresivos espontáneos y a veces muy divertidos, con gran manejo del habla joven, Paula desarrolla el tema de casi toda su obra, que es el de las relaciones personales y sobre todo, de pareja. Con nombre andrógino, Andrea se siente libre para entregarse tanto a hombres como a mujeres sin problema de género ni contradicciones, porque lo suyo siempre es eso: una entrega. Entrega al otro/otra y a lo establecido, aunque no lo comprenda. Y no es sólo su identidad sexual la que está en juego. El tono de la narración jamás es taxativo, por el contrario: son más las preguntas que se formula Andrea sobre los vínculos, que las certidumbres. “¿Hay una estación más adecuada para morir?” “¿Cómo se hace, por ejemplo, para soportar eso que llaman amor, el de la pareja?” “Que nada de vos me dé asco, ¿será suficiente? Y en todo caso, ¿suficiente para qué?” “Un novio/a ¿no es lo más parecido a un interlocutor constante de la propia vida, otro que acredita que uno, en efecto, está vivo, y que, por ende, tiene continuidad?” Tales los cuestionamientos de la protagonista, quien parece navegar en un entre, que no es sólo temporal. Vuelta hacia el pasado de su adolescencia, proyectada hacia un futuro (im)probable, Andrea parece no querer ocupar ese umbral, o acceder al pasaje, paralizada en un momento de inflexión ante un cambio de vida.


1 de diciembre de 2016

Un western patagónico

Fuga de la Patagonia
Dirección: Javier Zeballos y Francisco D’Eufemia
Guión: Javier Zeballos
Argentina/2016

Josefina Sartora


Sorpresa del Festival de Mar del Plata, la opera prima de Javier Zeballos y Francisco D’Eufemia relata la fuga del Perito Francisco Moreno de manos de los indios. Basada en sus memorias, cuando el Perito comenzaba sus trabajo en la Patagonia de medición de tierras e investigación de su geografía, tras trabar amistad con un cacique aborigen es apresado como sospechoso de ser espía del gobierno huinca (en última instancia, lo era). El film se inscribe en la categoría de western local, un género que no ha sido muy frecuentado por realizadores argentinos. En cierta medida, evoca Jauja, de Lisandro Alonso, Aballay, el hombre sin miedo de Fernando Spiner, Guerreros  y cautivas de Edgardo Cozarinsky y poco más.  


El film saca el mejor partido posible de la estupenda geografía del Sur argentino. Con una fotografía maravillosa de Lucio Bonelli, la acción se desarrolla en esos paisajes de ríos y montañas, así como en la estepa patagónica. El film consiste en un excelente homenaje al género, con un buen primer protagónico de Pablo Ragoni –nuestro compañero de inquietudes filosóficas- como un Moreno en fuga, quien debe eludir a sus perseguidores mapuches y a grupos mercenarios que –como el ejército- siembran la muerte y destrucción a su paso. Ni el guión ni los diálogos están a la altura de esa imagen impecable: parecieran boyar sin definición entre sus simpatías por el protagonista y la conciencia ajena culpable por haber colaborado con la Campaña del Desierto. Sin embargo, esta primera incursión en la ficción de quienes se habían dedicado antes al documental es una estimulante noticia.

29 de noviembre de 2016

Balance del 31º Festival de Mar del Plata
Josefina Sartora


El Festival. Con la dirección de José Martínez Suárez con sus vitales 90 años, y de Fernando Martín Peña, el Festival de Mar del Plata ha venido consolidando en los últimos años su lugar de relevancia en el panorama de festivales internacionales, con un criterio estético definido, dispuesto a mostrar y promover lo más nuevo y mejor del cine contemporáneo como también echar una mirada al cine clásico. No es ésta una impresión subjetiva ni de simpatías personales solamente, sino que para la opinión internacional este Festival es hoy un espacio donde los directores desean enviar sus películas, se ha transformado de aquel festival de alfombra roja y estrellas en un ámbito de cine independiente y de autor, donde en cada edición hay títulos, directores y cinematografías a descubrir.

Las películas. La Competencia Internacional fue en general buena, con algunos tropiezos o desniveles. Películas superiores como Paradise, Nocturama o Scarred Hearts no merecen ser colocadas en mismo nivel de igualdad con La reconquista, El Cristo ciego o Free Fire, que aunque correctas, están por debajo del nivel. Incluso  People That Are Not Me me pareció menor: un film realizado con mínimo presupuesto, dirigido por la joven israelí Hadas Ben Aroya quien también lo protagoniza, básico, casi elemental sobre la iniciación sexual de los jóvenes, sin embargo ganó el Astor de Oro, lo cual demuestra lo dispares que pueden ser los criterios a la hora de las elecciones.
En el conjunto de películas fuera de competencia, pudieron verse documentales notables como Safari de Ulrich Seidl, una mirada objetiva sobre el mundo de los cazadores europeos que acuden a África en busca de la foto del cazador con su presa –sean éstas jirafas, cebras o búfalos- y sin ningún comentario, ninguna ironía explícita, deja la palabra a los protagonistas y su justificación de lo que hacen. A pocos meses de su muerte con más de cien años, ver Visita du memória e confissôes de Manoel de Oliveira constituye una suerte de homenaje póstumo al director. Filmada en 1982 y conservada para ser vista recién después de su muerte, un documental sobre su casa familiar, que sirve como excusa para hablar de cine, de familia, de la vida.

Safari

Si antes los directores del entonces llamado nuevo cine argentino se afanaban para mostrar sus películas en el Bafici, y Mar del Plata recibía aquello que no daba el perfil para entrar en aquel, ahora sucede casi lo contrario: el Festival de Mar del Plata muestra lo más nuevo del cine argentino, con un panorama muy amplio, que abarca obras de distintas tendencias y características. La vidriera marplatense del cine argentino es polifónica. Si bien no pude seguir la Competencia, procuré ver algunas películas que por una u otra razón me interesaban. Albertina Carri dijo que terminó su película la semana anterior a la apertura del Festival, y presentó Cuatreros, una extraordinaria obra que, una vez más, excede lo cinematográfico. La creatividad de Albertina es deslumbrante:  valiéndose de found footage, tras una exhaustiva investigación en el Museo del Cine, toda la película está montada con imágenes de otros: películas familiares, informativos, cine clásico, proyectadas en varias pantallas simultáneas, mientras su voz en off –farragosa- no cesa de reflexionar sobre el proceso de realización de la película, sus intenciones, su historia de vida, su actualidad personal, su identidad, en suma. Pero lo más importante: la instalación de la violencia en Argentina, y sus consecuencias. Una película revulsiva que, como Los rubios, abre la polémica. Hermia y Helena, de Matías Piñeiro, es una nueva simpática incursión –si bien menor que las anteriores- en el mundo de las mujeres de treintaypico, que esta vez no se limita a Buenos Aires sino que se extiende a Nueva York, donde vive el director. La gran sorpresa –porque no estaba programada- fue la última película de Mariano Llinás, otro director que, como Carri, Piñeiro y Gastón Solnicki, antes estrenaban en el Bafici. La flor es la primera parte de otro de sus grandes relatos, dura 3 horas y media y se anuncian dos partes más. Evocación de distintos géneros del cine clásico, las historias o aventuras de Llinás y de las excelentes actrices del grupo Piel de Lava van desde el cine clase B al musical, de allí al melodrama y el thriller, recorriendo la Argentina, y habrá dos continuaciones. La flor es una suerte de gran broma, donde el humor subyace en cada escena, por cruda o misteriosa que ésta pueda parecer. La otra sorpresa fue Fuga de la Patagonia, opera prima de Javier Zeballos y Francisco D’Eufemia sobre la fuga del Perito Francisco Moreno de manos de los indios. Un western local con una fotografía maravillosa, que consiste en un excelente homenaje al género, con un buen primer protagónico de Pablo Ragoni. También la directora paraguaya Paz Encina evoca la violencia y la represión en su país en su film Ejercicio de memoria, de manera casi opuesta a la de Carri: con imágenes de niños, de objetos que conforman naturalezas muertas, de fotografías, vuelve sobre la represión durante la dictadura de Stroessner, la más larga de Latinoamérica.
Entre los focos y retrospectivas, se destacaron el dedicado a Buster Keaton y al film noir, con películas muy poco vistas, rarezas como Justicia injusta (The Sound of Fury, 1950) de Cy Endfield, un mensaje contra el sueño americano, los desbordes de la América profunda y suerte de parábola del macartismo de entonces. 

Fuga de la Patagonia

Actividades paralelas. El Festival no es solamente películas: hubo encuentros muy interesantes como la charla-diálogo que el crítico –y jurado de la Competencia Internacional- Jonathan Rosenbaum tuvo durante hora y media con el público, interesado en discutir las nuevas corrientes de la crítica; la charla de la también jurado Lorena Muñoz con el público; la de Vittorio Storaro quien reveló detalles técnicos de su fotografía de Apocalipsis Now; talleres, laboratorios y presentación de libros publicados por el Festival –se destaca Entre cortes. Conversaciones con montajistas de Argentina- y por distintos autores independientes, etc.

Las entradas. Una vez más, se hizo difícil acceder a las entradas. Los acreditados de prensa teníamos adjudicadas 3 entradas por día, pero a la hora de adquirirlas online, resultó que nos vimos reducidos a dos. Enseguida se acababan, y cuando íbamos a comprarlas a la boletería muchas veces nos decían que la función estaba agotada. Así me sucedió con La flor, pero Llinás me invitó, y pude entrar. Adentro, las ¡9! primeras filas estaban vacías. ¿Por qué mienten? ¿Por qué limitar de esa manera el acceso? Este parece ser un problema grave, de base, que nunca encuentra solución.



La ciudad. Observando el otro lado de esta semana de fiesta, como marplatense para mí siempre es una alegría volver a Mar del Plata para el Festival. Es por ello doblemente doloroso ver el estado en que la ciudad recibió el evento y a la enorme cantidad de gente que llega a la ciudad por él.  En la zona del Auditorium, hoteles Provincial, Hermitage y NH Casino, donde se albergan las delegaciones, jurados, invitados y directores internacionales, productores, actores y periodistas, el estado de abandono es alarmante: basura por todos lados, los pasillos de la Rambla sucios, perros sueltos, pastos en las escalinatas de la Bristol, todo resulta bastante patético. Junto al histórico Torreón del Monje, el panorama se repite: basura, deterioro, accesos intransitables, peligrosos, y la bandera argentina hecha jirones agoniza en el enorme mástil. En la magnífica sala del Auditorium, las alfombras sucias, los baños sin agua en sus lavatorios. En la zona de los cines de la Diagonal y el Colón, las protestas de los trabajadores municipales ponen en evidencia el estado de crisis de la ciudad: manifestaciones, calles cerradas, piquetes. La Plaza San Martín frente a la Intendencia, con todas sus veredas rotas. Es obvio que tanto el gobierno de la ciudad como el de la Provincia –que administra el Auditorium y, la Rambla- no valoran la importancia que ha cobrado el Festival, ni les interesa el mismo, sin darse cuenta de que esta constituye una pre temporada turística, que el Festival otorga la posibilidad de adelantar el verano, y ya la ciudad debería estar presentable para recibir el mismo. Pero a menos que los responsables se pongan las pilas y muy rápidamente, la ciudad no estará preparada para hacerse cargo del lugar que la historia y la tradición le ha asignado.